Mientras veo el desarrollo de la última
etapa de la Vuelta a Cataluña, me doy cuenta otra vez de que el ciclismo me
gusta a rabiar. Mediodía del Domingo de Ramos. Hoy empieza la Semana Santa
y el ambiente, más desangelado de lo que mis recuerdos me transportan a mi
niñez, me lleva a mi Pamplona de la década de los años 60 del siglo XX.
Cuánto me gustaría que la serie
de TV “Ministerio del Tiempo" dejara introducirme en una de sus puertas y poder reencontrarme con mi
padre. Sí, sería esta vez en un Domingo de Resurección. Victorio me daría la
mano y me llevaría, sin prisas, por la Rochapea. Mientras llegaba el pelotón de
corredores, me invitaría a un Kaiku
de chocolate en el bar de Paco, justo en el Puente de Cuatrovientos y yo,
nervioso, lo bebería a “toda mecha” por si los ciclistas pasaban sin avisar.
En alguna ocasión el paseo lo
cambiaríamos por un sitio en la tribuna de meta. Sería un poco más aburrido,
pero sin duda mucho más “chic”. Allí tendría ocasión de verlos pasar alrededor
de cinco veces y, lo que sería muchísimo mejor, enterarme en el instante de producirse,
del ganador de la carrera del “Circuito
de Pascuas de Pamplona”
La memoria de un niño tiende a
magnificar los recuerdos: el patio del colegio en la realidad siempre es mucho
más pequeño que en el recuerdo; las películas de entonces resultan insufribles
ahora y, tal vez, ¡no lo creo! el ciclismo fuese peor que el actual.
Lo cierto es que el Circuito de
Pascuas dejó de celebrarse hace tiempo para corredores profesionales y ahora,
perdido en cualquier otra fecha del calendario, se organiza para ciclistas “aficionados”
o como se diga. Con esto me ha pasado como con el “Padre Nuestro”, después de rezarlo en el colegio todos los días
del curso, he sido incapaz de aprenderme el que modificaron hará la pila de
años y me resisto a enterarme de la traducción que en la actualidad tienen las
categorías de los corredores ciclistas: sub-23, Elite 23 y Máster.
Pues nada, como escribía al
principio, estaba delante del televisor y mi mente se ha puesto a viajar por el
tiempo. De vez en cuando me he permitido el lujo de regresar a la realidad y he
tenido envidia de lo que son capaces de hacer los tíos estos: ¡Cuánto andan
para arriba y para abajo! ¡Qué fácil es llanear sin mover un solo músculo
de la cara! ¡Cómo ocultan su sufrimiento detrás de esas máscaras que les
proporcionan los obligatorios cascos y sus sintomáticas y misteriosas gafas!
¡Qué día más extraordinario en Barcelona para recorrer las cuestas de Montjuic
de la mano de mi padre!
Hasta pronto. Bs.
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