Una cosa es pronosticarlo y otra muy distinta sufrirlo. De acuerdo, nos habían dicho no sé
qué de una bajada vertiginosa de las temperaturas ¡lo reconozco! pero, pese a
todo, considero que la caló se nos ha ido de la noche a la mañana a lo
“traidor”.
Ayer me acerqué a la
“autoescuela” con miedo de haberme equivocado en la vestimenta y, en cuanto
hube andado 100 metros, me dije: -“Víctor, la cagaste Burt Lancaster”- Me vestí
con cullotte de invierno y maillot de entretiempo, ¿alguien podría
aclararme para qué sirven las prendas que llamamos de entretiempo? Debe de tratarse para uno o dos días que existen en el
calendario y, pasados los cuales, no valen para gran cosa: si la temperatura es
fresquita tirando a buena, a la larga vas a sudar. Por el contrario, si la cosa
está tirando a fría, no lo dudes, te vas a helar.
Hoy he salido decidido a no
sufrir lo de ayer, helarme, así que he atacado con dos collons: maillot de invierno “etxeondo” y a ver
qué pasa. Inmediatamente fuera de mi piel sentía que hacía frío pero,
inmediatamente dentro de ella, iba de cojón de mico: ¡premio!
En cuanto hemos dejado atrás el
barrio de San Jorge, el pelotón ha echado a andar con garbo. La cuesta de
Orcoyen la hemos subido con estilo y las rectas de Arazuri a “paso ligero”. Por
ahí llevaba a mi lado al madelman Arambillet y se quejaba de la parsimonia del
grupo en el llano y que luego en las cuestas, seguramente echaríamos el bofe.
El mundo al revés. No me he atrevido a contradecirle porque todo es muy
subjetivo y seguramente tendría su razón; yo, en cambio, pensaba: ¡jodé! menudo
trote llevamos.
Mientras nos acercábamos a
Irurzun ni me he fijado en lo pesada que se hace la cuesta del cruce de Anoz ni
la de Atondo; mi mente tenía otras metas más serias, por ejemplo el alto de
Aizcorbe. ¡Sí! Ya sé que alguno a mi lado iba hablando, era pura fachada,
seguramente esta pasada noche habrán estado entrenándose para subir una cuesta
de más de un kilómetro de largo a veintitantos kilómetros por hora, si no ¿de
qué? Yo la he subido en silencio como los buenos, escondido, sin hacer alardes,
sin chulería.
Ahora quedaba el alto de Cía,
otra pequeña encerrona de 3 kilómetros. Al frente del carro se han puesto a
tirar los fraternos Braco, a su alrededor se han ido acercando todos los aspirantes
al “premio menor de la vuelta”: la montaña. Yo subía bastante bien pero el
subsconciente empezaba a avisarme de que faltaban 2 kilómetros para coronar y
de que, antes o después, iba a tener que claudicar. He echado mano de la poca
cordura que me queda y he subido a mi ritmo con el nuevo del maillot de Leiza. Por detrás venía
Ignacio y, con todas sus fuerzas, nos silbaba para que le esperáramos. Porque
eres uno del “trío”, que si no te espera Arambillet.
A punto de llegar a Echalecu,
hemos alcanzado a mi compañero de profesión Javi, ¡felicidades¡ y nos hemos
lanzado en pos de uno de azul que divisábamos a lo lejos. Por el cruce de
Garzaron le hemos echado el guante y ha resultado ser la nueva promesa de las
letras y de la fotografía navarra: Carlitos.
No hemos repostado en Auza,
teníamos cosas más importantes que hacer, por ejemplo atrapar al de “siempre”,
José Salvador, y llegar a casa antes de las 12.
Esto ha sido todo por hoy, bueno,
se me olvidaba decir algo: cansado, ¿eh? No creáis que todo eso se hace mirando
al tendido como hacía El Litri, ¡no! ha hecho falta poner
mucho empeño y tragarnos el cansancio para que el público nos aplaudiera al
subir la cuesta de Beloso.
Hasta pronto. Bs.
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