jueves, 4 de julio de 2013

El Tour de France y yo.


             Cuando me he cruzado con mi amigo Karlos en el pueblo de Zuriáin, venía pensando en lo poco que me “pone” el Tour de France. La manera de correrlo no tiene nada que ver con las clásicas de primavera que algunos privilegiados hemos tenido la suerte de ver este año.

            Tampoco me gustaría que hoy en día se corriera como en la década de los 60, ni mucho menos en la de los 50 y 40 cuando los ciclistas asaltaban los bares y las tiendas de ultramarinos diciendo -“esto lo paga Torriani”- o cuando, alrededor de una fuente en la plaza del pueblo, se agolpaban los gregarios y no tan gregarios para llenar el botellín de agua y cuando, ya en la década de los 80, sancionaron a Angel Arroyo por llevar en el Tour zapatillas de color blanco. No sería deseable enterarse de los resultados de la etapa al día siguiente de su celebración, cuando en La Voz de Navarra daban un resumen, más o menos teatralizado, de lo que había sucedido el día anterior, esto pasaba en los 60.

            Pese a todas las “desdichas” que acabo de contar, creo que, si no hubieran sucedido, tampoco tendría la afición que tengo por el ciclismo y que conste que gran parte de lo que acabo de decir sólo lo he conocido por las fotografías que han caído en mis manos.

            A partir de ahora voy a hablar en singular, yo, primera persona del singular: en el Tour todo es previsible, todo está controlado por unos señores de ascendencia anglosajona que, de manera robotizada, dictaminan lo que pasa en la carrera. Los peones, descendientes de Robocop, primos hermanos de Terminator, amigos de los que mandan en las grandes agencias de espionaje deciden lo que tiene que pasar. Todos los días se escapan unos pobrecillos que se hartan de pedalear durante una sarta de kilómetros hasta que, unos maromos sentados delante de una mesa de mandos, ordenan a qué velocidad y en qué punto exacto la maquinaria se tiene que poner en funcionamiento; así, de manera sistemática, Mazinger y sus hermanos gemelos comenzarán a mover los gemelos, los puños, los glúteos, los hombros, los huevos, ¡todo! hasta que, a falta de un kilómetro y setecientos metros, los desgraciados de turno serán cazados y devorados. Todavía habrá tiempo para una o dos caídas dentro del “último kilómetro” y Cagüendiez ganará otra etapa y sus compañeros de equipo perderán el culo por abrazarle y yo, asqueado, volveré a la Sexta a ver a Mamen Mendizábal.


            En esas estaba cuando he decidido que, después de tomarme un café en Zubiri, era una buena idea acercarme hasta Eusa, perteneciente al Ayuntamiento de Ezcabarte, subir la cuesta que le defiende de ataques trasnochados y arremeter con el repechón que conduce al cementerio del pueblo; creo que el GARMIN se ha roto de repente o que los satélites han dejado de funcionar al unísono ya que la pantalla, asustada por la pendiente, se ha quedado a “cero” y, después de un rato, ha vuelto a señalar 19%. ¡Mentira! Eso no tiene un 19 ni pedo, a lo sumo un 25% y vas contento.
 
 

            He vuelto a casa y he pensado que mi ciclismo no tiene nada que ver con el de los madelman: era una suerte circular por el Paseo Fluvial, saltar a la carretera que lleva a Zubiri, regresar hasta Huarte con el cuentakilómetros señalando 40 kms/hora y subir el costalón de Eusa. Han sido 70 kilómetros placenteros y nadie me ha dicho que, según un tío que “decide”, tenía que correr más para que Cagüendiez ganase la etapa y luego, encima, tener que abrazarle.

            Hasta después de “sanfermines”, me voy. Bs.        

1 comentario:

  1. Y que vamos a hacer sin tus comentarios, a mi me servía para entrenar un rato, aunque fuera desde casa, slds

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