viernes, 15 de septiembre de 2017

Esto es Ciclismo, sólo Ciclismo (con mayúsculas)



Otra vez en el umbral de los días cortos y negros. Hace poco que el sol me despertaba metiéndose por los ojos y ahora le saco ventaja: me levanto de la cama antes de que él asome por el Tangorri.

La manga larga definitivamente ha desterrado a los manguitos y algún adelantado se ha estrenado con los culottes largos. Esto tiene mala pinta, seguramente que las castañas pilongas de la avenida de San Ignacio estarán gordas, a punto de caer sobre las villavesas que se aventuren a circular por el túnel de la Diputación.

El caso es que hoy no tenía buena pinta. Por cualquier sitio que mirase, el cielo amenazaba con un color plomizo, las nubes rodeaban todo el perímetro y, a lo sumo, allá a lo lejos se divisaba alguna esperanza pero, claro, había que atravesar el peligro.

La escuálida representación de Los Chimeneas, por decisión democrática, ha decidido aventurarse por la carretera que lleva a Aoiz con la idea de maniobrar según aconteciera.



El viento nos empuja y nos dejamos querer; a nuestra velocidad se le puede decir cualquier cosa menos lenta, es una gloria abusar del viento a favor; no me atrevo a mirar más arriba de la cabeza porque, en un descuido, he visto que llevamos una nube del tamaño de Navarra entera con una pinta siniestra, muy siniestra, cargada de lluvia. Observo alguna gota de lluvia en los cristales de las gafas y ¡el chubasquero en el trastero! Nadie quiere ser el primero en darse cuenta de la situación y huimos hacia adelante. 

La Peña de Izaga sospecho que está detrás de una masa gaseosa de color azul marino que lo abarca todo: será mejor disimular, no mirarla, hacerle caso sería peligroso. Subimos la cuesta de Villaveta y, como si fuéramos exploradores de cualquier película del Oeste, escudriñamos el futuro; no es que sea muy halagüeño pero invita a probar. Subimos la interminable cuesta del primer túnel y, poco a poco, nos acercamos a la del segundo. Vamos bien, con alegría, el viento ya no nos ayuda como al principio pero estamos resguardados por la Sierra de Labia y discurrimos sin contratiempos.

Dejamos atrás Nagore y… ¡Voilà! ¡Ahí está! A la altura de Uriz se divisan unas cortinas de agua más propias del Mar Cantábrico que del Valle de Arce. Echamos mano de la cordura y por una vez retrocedemos, esto es demasiado, no podemos jugar siempre al “rojo” y pretender ganar cada vez que apostamos. Toca desandar todo lo anterior y resulta agradable, nos damos cuenta de que hemos andado 16 kilómetros con el viento de cara y que Labia sólo nos ha arropado pero no librado.

Es una tentación de la que no podemos librarnos y sucumbimos al pasar por el Hotel Ekay: pincho, caña y café. Sólo queda seguir con nuestra flor en el culo y driblar al agua como sea. 

Nos dirigimos hacia el cruce de Monreal y de ahí hacia casa. Otra vez el viento en la cara pero circulamos bien, no hay problema. Hemos sorteado la lluvia y esquivado unas veces el aire y, otras, dejando que jugara un poco con nosotros.

Me temo que de hoy en adelante sólo cabe ir a peor, por lo que nos tocará lo de siempre: seis o siete meses haciendo de “apostadores del tiempo” perdiendo como corresponde a cualquier jugador que se precie. Lo de hoy ha sido la “suerte del principiante”, no nos engañemos.

Hasta pronto. Bs.



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