jueves, 23 de abril de 2015

Las desventuras de un sufrido ciclista



 Sé que en otras ocasiones he hablado de lo que tanto sufro cada día. No quiero ponerme dramático, así que ya podéis dejar de fruncir el ceño y tranquilizaos.

Desde hace mucho tiempo hay una gran marea a favor de la bicicleta y otro gran movimiento en contra de ella. Los que estamos a favor la empleamos para disfrutar con nuestras marchas “no competitivas”; para desplazarnos al trabajo; tal vez para acercarnos a tal o cual lugar; otras veces cambiamos de montura y nos refugiamos en los caminos, subimos por pistas de tierra o de cemento y, cuando queremos, nos caemos como cualquier humano que monta en la “flaca” o en la de “ruedas gordas”.

Existen otros primates que, a tenor de lo que reflejan en sus escritos en periódicos y revistas, nos tienen “paquete”, manía, tal vez asco. Estos son los que no andan en bicicleta, la dejaron de lado cuando eran niños y ya no sintieron la tentación de disfrutar con su amiga nunca más. En cuanto tuvieron oportunidad se compraron un automóvil y se fueron con él tan ricamente al trabajo; a llevar a los niños al colegio; a trabajar con el taxi o en el transporte de mercancías y viajeros; a muchas otras cosas más, siempre montados en sus vehículos. 

Hay otras personas que andan, andan como se debe de andar: a pie. Estas también nos tienen su correspondiente graduación de “tirria” cuando nos enfrentamos a ellas en las aceras, pero ¡qué le vamos a hacer si está permitido! Sencillamente compartir con educación el reducido espacio. ¡En fin! No es mi propósito hablar mucho más de esta “panda”, como nosotros, de desgraciados. Mis miras van dirigidas hacia los habitantes del párrafo anterior.

Tengo que confesar que cada día tengo más miedo a que un vehículo me atropelle. En mis carnes y en mi mente llevo tatuados tres percances y os puedo asegurar que no se trata de algo que me gustaría repetir. Fueron tres atropellos de los que salí como los toreros después de recibir un tarantantán de un Mihura, pero sin cornada.

 La parte más comprometida la disfruto todos los días al salir de casa y dirigirme al “punto de encuentro” con los de la grupetta. En ese breve espacio de tiempo y kilometraje, apenas tres kilómetros, tendré que compartir el sitio en medio de una especie de “menestra de verduras” que, trasladada a un plato, sería incomestible por la gran diversidad de elementos de los que se compondría el “entrante”, no obstante, me gustaría dibujar a grandes rasgos los compañeros que todas las mañanas llevo a derecha e izquierda hasta que por fin me refugio en mi grupo: peatones con cara de mala oxtia cuando me cruzo con ellos en una acera señalada para transitar en bici; korrikolaris, andarines y gente distraída que encuentra muy llevadero ocupar los “carriles bici”; automovilistas con cara de pocos amigos cuando tienen que detener su marcha en los “pasos de cebra”; automóviles con prisa en dejarme atrás sin respetar el metro y medio de distancia; personas muy educadas que no me ven y que me piden perdón diciéndome: -“no te he visto, lo siento”-  y, claro, ¿¡qué les voy a hacer o decir!? ¡Nada! Seguir mi camino y pensar (cuánta suerte he tenido); estudiantes que se acercan a la universidad embebidos en su guasap; peregrinos cargados y cansados con los que comparto una triste acera retorcida por las raíces de los árboles porque no tengo la valentía de subir la cuesta de Cizur por la carretera. ¡Es demasiado para mí! se trata de un tramo más propio de una gran ciudad que de un humilde pueblo como el mío. Lo siento, pero a esa hora cercana a las 9 de la mañana todos los habitantes del mundo necesitan salir o entrar de Pamplona por esa carreterita de Cizur y yo no tengo güevos.

Después de todo esto no sé cómo tengo güevos de andar en bici.

Hasta pronto. Bs.

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