lunes, 27 de abril de 2015

Alejandro Valverde Belmonte (ciclista)



Lo haces tan fácil, ganas tan seguido que hace tiempo estoy pensando que estoy equivocado. No puede ser que lo que nos cuesta tanto, sea tan sencillo.

Comienza el día de trabajo y voy por el pasillo del trastero con cierto sigilo; procuro no hacer ruido al andar por el terrazo y me gustaría adivinar cómo será el regreso por este mismo lugar.

Todavía no han dado las 8 de la mañana, no hace ni frío ni calor, tal vez la temperatura ideal para llevar “manguitos” y un “paravientos”. Me muevo despacio, tengo tiempo de sobra. La variante está vacía y llego al Diario sin problemas. Nos hemos juntado todos los del grupo; por delante tenemos una vuelta de las que podemos considerar serias y así me la tomo, con precaución.

Lo malo de nuestro espíritu es que lo tenemos juvenil; la carretera llana hace que tomemos los primeros repechos del día con alegría; nos vamos animando y ya hace un rato que circulamos con la cadena agarrada al plato grande. El viento pega suavemente en la cara y nosotros, tercos, cada vez más alegres. Llegamos a Puente la Reina un momento antes que a la “Cuesta de Mañeru”. No sé cuántos kilómetros tiene la subidita  ¿tal vez dos? Por allí dicen que más, tal vez. Karlos toma el mando de las operaciones y me embarga la sensación propia del que cree que le va a tocar la Lotería Nacional: -“como no espabiles, como no pongas más empeño en el trabajo, chaval, ¡te vas a quedar!”-  Sin que nadie se dé cuenta, alargo el cuello y espero que esta maniobra sirva para llegar antes; es inútil, los demás hacen lo mismo y seguimos en el mismo sitio; el ritmo cada vez es más “hijoputesco” y todavía quedan dos rectas interminables con sus correspondientes curvas. 

La querida “Cuesta de Mañeru” me ha dejado como a los pobres toros en día de corrida después de recibir el tercer puyazo: humillado. Camino de Estella aprovecho los pocos tramos de terreno llano que quedan y prosigo. Tengo problemas con el cambio de plato y mis manos hace tiempo que dejaron de estar presentables, ahora parecen de mecánico especializado en motores antiguos.

Estamos cerca del Puerto de Urbasa y desde hace un rato no tengo buenas sensaciones. ¡Comienza Puerto! Y el malestar se extiende, ahora es el muslo izquierdo el que se queja. Todos nos mantenemos en el grupo y me imagino que cada uno de nosotros cargamos con nuestra penitencia aunque disimulamos muy bien. Poco a poco van desapareciendo los malos pensamientos y hasta el dolor se olvida de mí. Estamos arriba y el sudor borra de mi vista el futuro.

Apenas ha sido un café con tostadas y un zumo de naranja; no hace falta más para el camino hasta casa. El Garmin señala 82 kilómetros y Pamplona está a más de 60. Iñaki apuesta por el viento de cara y no le creo. Tengo razón, nos pega sin fuerza en el culo, pero ayuda, ¡vaya si ayuda! Algún despistado de La Barranca cree que hay carrera ciclista, pero no, somos nosotros los que la atravesamos a tutta la oxtia. Yo sigo con los problemas del “plato” y circulo enganchado al grande. 

En Ihabar estamos a punto de probar el asfalto: el hermano gato decide cruzar la carretera justo en el momento en que llegamos nosotros y el desaguisado no se consuma por un milímetro. Como diría Induráin –“ahí hemos estau”- 

Aunque todos conocemos una carretera interior que evita pasar por Irurzun, alguien decide estirar más la goma y nos engaña tomando un atajo que, por un camino más propio de la Strade Bianche, nos llevará hasta Urrizola: ¡milagro! entre tanta rueda de carretera por pista de tierra, gravilla y piedras, ni un pinchazo.

¡Ánimo! Lo malo ya lo hemos dejado atrás. Apenas quedan 25 kilómetros y por mucho que Iñaki ruede como un vulgar centroeuropeo, nosotros no le hacemos caso y no asusta: también tiene respuesta.

Esto tiene tufillo a final; la marcha “no competitiva” tiene visos de llegar a meta y los 145 kilómetros terminan por asomar en el visor. No viene a cuento indicar la “media” que hemos conseguido porque esto no es una carrera y considero que es una “globerada”. 

Aparezco por el pasillo del trastero y me siento contento, tanto por el día que hemos pasado, como por haberlo terminado.

¡Jodido Alejandro Valverde! Qué fácil lo haces y qué difícil nos resulta.

Hasta pronto. Bs.

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