Lo haces tan fácil, ganas tan
seguido que hace tiempo estoy pensando que estoy equivocado. No puede ser que lo
que nos cuesta tanto, sea tan sencillo.
Comienza el día de trabajo y voy por
el pasillo del trastero con cierto sigilo; procuro no hacer ruido al andar por
el terrazo y me gustaría adivinar cómo será el regreso por este mismo lugar.
Todavía no han dado las 8 de la
mañana, no hace ni frío ni calor, tal vez la temperatura ideal para llevar “manguitos”
y un “paravientos”. Me muevo despacio, tengo tiempo de sobra. La variante está
vacía y llego al Diario sin
problemas. Nos hemos juntado todos los del grupo; por delante tenemos una
vuelta de las que podemos considerar serias y así me la tomo, con precaución.
Lo malo de nuestro espíritu es
que lo tenemos juvenil; la carretera
llana hace que tomemos los primeros repechos del día con alegría; nos vamos
animando y ya hace un rato que circulamos con la cadena agarrada al plato
grande. El viento pega suavemente en la cara y nosotros, tercos, cada vez más
alegres. Llegamos a Puente la Reina un momento antes que a la “Cuesta de Mañeru”.
No sé cuántos kilómetros tiene la subidita ¿tal vez dos? Por allí dicen que más, tal vez.
Karlos toma el mando de las operaciones y me embarga la sensación propia del
que cree que le va a tocar la Lotería Nacional: -“como no espabiles, como no pongas más empeño en el trabajo, chaval,
¡te vas a quedar!”- Sin que nadie se
dé cuenta, alargo el cuello y espero que esta maniobra sirva para llegar antes;
es inútil, los demás hacen lo mismo y seguimos en el mismo sitio; el ritmo cada
vez es más “hijoputesco” y todavía quedan dos rectas interminables con sus
correspondientes curvas.
La querida “Cuesta de Mañeru” me
ha dejado como a los pobres toros en día de corrida después de recibir el
tercer puyazo: humillado. Camino de Estella aprovecho los pocos tramos de
terreno llano que quedan y prosigo. Tengo problemas con el cambio de plato y
mis manos hace tiempo que dejaron de estar presentables, ahora parecen de mecánico
especializado en motores antiguos.
Estamos cerca del Puerto de
Urbasa y desde hace un rato no tengo buenas sensaciones. ¡Comienza Puerto! Y el
malestar se extiende, ahora es el muslo izquierdo el que se queja. Todos nos
mantenemos en el grupo y me imagino que cada uno de nosotros cargamos con
nuestra penitencia aunque disimulamos muy bien. Poco a poco van desapareciendo
los malos pensamientos y hasta el dolor se olvida de mí. Estamos arriba y el
sudor borra de mi vista el futuro.
Apenas ha sido un café con
tostadas y un zumo de naranja; no hace falta más para el camino hasta casa. El
Garmin señala 82 kilómetros y Pamplona está a más de 60. Iñaki apuesta por el
viento de cara y no le creo. Tengo razón, nos pega sin fuerza en el culo, pero
ayuda, ¡vaya si ayuda! Algún despistado de La Barranca cree que hay carrera
ciclista, pero no, somos nosotros los que la atravesamos a tutta la oxtia. Yo
sigo con los problemas del “plato” y circulo enganchado al grande.
En Ihabar estamos a punto de
probar el asfalto: el hermano gato decide cruzar la carretera justo en el momento
en que llegamos nosotros y el desaguisado no se consuma por un milímetro. Como
diría Induráin –“ahí hemos estau”-
Aunque todos conocemos una
carretera interior que evita pasar por Irurzun, alguien decide estirar más la
goma y nos engaña tomando un atajo que, por un camino más propio de la Strade Bianche, nos llevará hasta
Urrizola: ¡milagro! entre tanta rueda de carretera por pista de tierra,
gravilla y piedras, ni un pinchazo.
¡Ánimo! Lo malo ya lo hemos
dejado atrás. Apenas quedan 25 kilómetros y por mucho que Iñaki ruede como un
vulgar centroeuropeo, nosotros no le
hacemos caso y no asusta: también tiene respuesta.
Esto tiene tufillo a final; la
marcha “no competitiva” tiene visos de llegar a meta y los 145 kilómetros
terminan por asomar en el visor. No viene a cuento indicar la “media” que hemos
conseguido porque esto no es una carrera y considero que es una “globerada”.
Aparezco por el pasillo del
trastero y me siento contento, tanto por el día que hemos pasado, como por
haberlo terminado.
¡Jodido Alejandro Valverde! Qué fácil lo haces y qué difícil nos
resulta.
Hasta pronto. Bs.
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