No es posible mantener una regularidad en las salidas ciclistas; la climatología
se resiste a ser condescendiente con nosotros y, tras un hueco por el que nos
atrevimos a asomarnos con riesgo de salir como los “hombres rana“, no hemos
tenido más remedio que seguir con la ropa de mugolari y atender las amistades del paseo fluvial con la excusa
del café con leche y palmera.
El deporte andarín no es bueno para el ciclismo, al menos así lo creo yo.
Cuando llega la hora de volver a lo nuestro, tardo un tiempo en coger ritmo y las
piernas se quejan doloridas. Algo de eso ocurrió en la marcha del pasado
domingo: mucha pereza a la hora de subir el alto de Guirguillano y mucho
esfuerzo para mantener la rueda de los de adelante. Parece que se terminó
arreglando algo al final.
El lunes decidimos alojarnos por tierras de Imoz, Basaburua y Ultzama. Eso
es apostar sobre seguro cuando se busca un terreno abrigado, ameno y con poco
tráfico; sólo tiene una pega: las nubes azulencas suelen acompañarnos mientras
nos vigilan con orden de no dejarnos traspasar la línea del más allá lluvia segura. Desde Lizaso a casa tuvimos otro
invitado que amenaza con quedarse a vivir con nosotros: el viento sur. Al
principio apenas se deja notar cuando se menean las ramas de los árboles. Es a
partir de media mañana cuando el niño se hace grande y no tenemos otro remedio
que apretar el jopo, poner cara de interesante estreñido y maldecir el tráfico
de la N-121.
En vista de que los vientos de por
abajo no cejan en su visita, ayer maniobramos y decidimos dar la “vuelta a
la montaña” al revés. Alguno se preguntará como se da esta vuelta “al revés”;
es muy sencillo: en sentido contrario a como normalmente la damos. Se sube Erro
y Mezquíriz y se toma un puré de manzana acompañado de café con leche en
Espinal. El viaje hasta aquí ha resultado fácil con el aire sonando en los
oídos pero siempre de atrás. El río Urrobi es un buenísimo acompañante, tanto
en invierno como en verano. Cuando se desciende hacia Aoiz te ayuda a pensar
que eres un rodador de solera y, cuando se sube, que eres un rodador en una
carretera agradecida para los que la visitamos. Las subidas de los túneles
aparentemente son poco agraciadas para pasarlo bien, pero es mentira. Otra vez
el viento sur se encarga de maniobrar y ya no te deja hasta llegar a Pamplona.
La ruta de Aoiz hasta Huarte me la imagino como sería verla con unos ciclistas
de los buenos, tirando sin complejos y con una única necesidad: la de pasarlo
bien. Consistiría en subirse en un automóvil y, con la capota bajada, observar
a unos pajaritos llamados Cancellara, Induráin, Moser, Altig, Boonen, a quien
vosotros queráis y todos ellos volar por el gusto de volar. ¡Joder, qué visión!
¡En fin! Me bajo de la nube y hoy ha tocado aparcar la flaca y darle a la
hormigonera, a la carretilla, a la
arena, al cemento, al agua y… a ver si acabamos de una vez esta p… obra
inacabable que Ignacio tiene entre manos. ¡Todo sea por el almuerzo!
Hasta pronto. Bs.
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