jueves, 29 de agosto de 2013

Huida con retorno al punto fatídico


Para hoy teníamos preparada una vuelta que, para los mediomadelmanes, muy bien se puede considerar de las respetables. Los que son madelmanes de verdad, enteros, tipo Willou, seguramente que la calificarán de medio pelo ¡allá ellos y su conciencia!

Lo cierto es que, entre una cosa y otra, las ganas de escribir una crónica se me han ido al carajo. Después de llegar a casa y comer un poco, literalmente, ha llegado la consabida siesta, la lectura del “Diario” y rumiar la marcha de la mañana. En esas estaba y he abierto el iPad: ¡el amigo Karlos nos ha estado siguiendo el rastro!, se ha servido de nuestras señales para descubrir que éramos cinco los jinetes que llevaba por delante.

Iban ligeros de equipaje, llevaban comestibles para una única jornada y, seguramente, pararían para repostar en alguna de las posadas que hay a lo largo del camino. Esto le ha hecho recapacitar a Karlos y ha pensado que era mejor volverse hacia la city y esperarles cuando ya estuviesen cansados. El muy cabrón es perro viejo y sabe de estas artimañas para ahorrar reservas.

A las 8,30, “Los Cinco de Kansas” lucían sus monturas por el barrio de San Juan y, un poco más tarde, atravesaban Berriozar camino de Marcaláin. La subidita del puerto se hacía con lucidez y Guelbenzu no era obstáculo para pasar por Lizaso antes de que dieran “y media”.

Allí se cruzaban con Alejandro y el chaval decidía cambiar el título de la película, ahora se llamaría “Los Seis de Kansas”. Cruce de Oroquieta y la temperatura que bajaba sin cesar, seguramente que a los de Kansas, si hubieran tenido un buen termómetro, les señalaría 12º. Justamente al coronar el puerto, Alex volvía a cambiar el título y lo dejaba como al principio: se volvía a trabajar ¡qué cosas!

Si bajaban por la cuesta rompeculos de Saldías ganarían mucho tiempo con respecto a su perseguidor y podrían ascender por Ezcurra sin sentir su aliento fétido. Las cabalgaduras respondían a la perfección y ninguno de los “kansinos” demostraba fatiga alguna.

 

En Leiza, los más débiles del quinteto quisieron amotinarse para comer en la cantina del pueblo pero, los guías, sabedores de lo que se les avecinaban, lograron convencer a un donostiarra y a un aragonés de que lo conveniente era subir Huici sin lastre estomacal y saciar sus bajos apetitos en la populosa ciudad de Lecumberri.

En el Valle de Larraun daban cuenta de un surtido de viandas que se acompañaban de cervezas traídas desde la tierra de Angela y que son reconocidas en todo el territorio. La pareja de díscolos reconocerían su equivocación.

El viento del norte ayudaba al grupo en su huída hacia Pamplona y los últimos kilómetros se hacían en silencio: ¡no había tiempo para txorradas! el caso era llegar al poblado antes de que dieran las dos de la tarde.

Habían recorrido 120 millas y el “perro viejo”  les esperaba sentado en el porche de su casa: sabía que tenían que regresar, no merecía la pena correr detrás de ellos. El muy cabrón tenía en su vieja cara algo que parecía una sonrisa.

Hasta otra. Bs.

2 comentarios:

  1. Si ese perro hubiese acompañado a los "5", se hubiese divertido.

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  2. Ya me hubiera gustado estar yo, prepararos que llego...

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