miércoles, 9 de marzo de 2016

¡Viva el ciclismo!



Los de la TV están que se salen de solícitos, hoy tenemos ración doble: por un lado la primera etapa de la “Tirreno-Adriático” y, a continuación, la etapa de la “París Niza”. Aquí no vale decir eso de “días de mucho, vísperas de nada”. Ocurre que el trabajo se acumula y las pruebas se agolpan para afinar la forma con vista a los grandes acontecimientos de la próxima primavera.

Pues bien, aquí estoy delante del televisor mientras los equipos disputan una carrera contrareloj en Italia. Todos lucen impecables: no toca llevar maillots con bolsillos a la altura de los riñones ni bicicletas, más o menos, normales; hoy van montados en aparatos con manillares extraños y buzos de una sola pieza difíciles para hacer pipí. Todos lucen perfectos aun cuando, más de uno,  se nota que sufre como un perro ciclista. Cascos con cola para mantener la postura idónea de la cabeza; colores llamativos en su gama flúor; todo tremendamente aburrido.

Me llama la atención el nombre de los equipos: Cannondale Pro Cycling Team, Team Katusha, Movistar Team, etc. Ya no se llaman “equipo”, ahora son todos “team”. La leyenda informativa que, al enfocar una iglesia de un maravilloso pueblo italiano, aparece en la parte inferior del televisor no se puede leer en el sonoro y alegre idioma latino, ¡no! Ahora aparece en inglés y es que, desde que desembarcaron en el mundillo ciclista los británicos, creo que se ha perdido la improvisación, el aroma del ciclismo de siempre cuando los mandamases de la carretera eran los franceses, los belgas, los holandeses, los italianos, algún luxemburgués y algún “matau” de español.

Ahora se ha automatizado todo: televisores en las cabinas de los coches, pinganillos con conexión directa desde la boca del director del “team” hasta la oreja del ciclista. En todo momento se está al tanto de la situación de la carrera; se calcula el momento exacto de empezar a trabajar para echar abajo la escapada del día justo a dos kilómetros de la meta y así terminar de afinar “il treno” (perdón, no sé cómo se me ha podido colar esta expresión en italiano) con vistas a disputar el sprint entre Cagüendiez y un australiano.

Los británicos, ya se sabe, son famosos por su “flema” (puaff), cualquier cosa que hagan la adornan de una seriedad, de una parsimonia que hacen que la situación adquiera visos de extraordinaria aunque sea la cosa más normal del mundo. Me viene a la memoria la película “Snatch: Cerdos y diamantes”; se trata de una película extraordinaria, plena de humor en la que se narran una serie de aventuras a cual más desternillante y en la que, sorprendentemente, nadie se ríe, al contrario, ocurren cosas muy serias todas ellas interpretadas con la tradicional flema británica.

Bien, no quiero seguir hablando de cine, pero ¿alguien se ha fijado lo maravillosos que son los ingleses, los americanos y los australianos cuando ganan una prueba ciclista? Cómo se abrazan, como se palmean, qué piñas forman mientras casi lloran alrededor del ganador; ¡joder! Pero si eso de ganar ha ocurrido desde que se inventó el ciclismo, o ¿acaso alguien se imagina que Anquetil no ha ganado nunca una carrera? ¿acaso piensas que Miguel Poblet se inventó sus victorias en la “Milán-San Remo”? ¿tal vez Luis Ocaña nunca pasó por encima de Merckx? ¿el “Tarangu” no contaba con el equipo “Kas” mientras ganaba y desfallecía en el Giro? ¿los tours de Induráin fueron un camelo? ¡NOOOO! Todo eso ha existido y seguirá por los siglos de los siglos, solamente hay una diferencia: hasta ahora se hacían las cosas con naturalidad, con alegría pero con naturalidad; a partir de la llegada de los de las islas al ciclismo, las victorias son más victorias. Aunque veamos una película de gansters con el típico tufillo de las pistolas y los puñetazos, lo de siempre, si la película es británica desprenderá un aroma especial de extraordinario aunque sea una cinta más del género.

Me voy corriendo que empieza la “París Niza” y acaba en “alto”

Hasta pronto, Bs.

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