A mediados de este mes nos
trasladaremos a Madrid, en concreto a la sierra madrileña. Serán cuatro días
distintos a los que pudiéramos pasar en nuestra tierra. Dejaremos de saber qué
nos espera a la terminación de ese repecho o a la vuelta de esa curva. No
sabremos si, resistiendo apenas un poco más, esta cuesta que se pone tan terca
es fácilmente vencible o no. Sencillamente, una buena porción del Grupo Chimeneas habremos cogido la
furgoneta y… ¡tararí, tararí, a Madrid!
Los nombres de lugares por los
que andaremos me suenan desde que era un enano: bien por haberlos oído en las
retransmisiones de la “Vuelta” o como referencias de las nevadas que se
producen año tras año por el centro peninsular. El Escorial, Navacerrada,
Guadarrama, Canencia, Cotos, Navafría, La Granja,… ¡Jodé, cuánto me gustan! Tienen empaque, solera; ¡qué inspiración tuvieron los que los
pusieron! Que conste que mi admiración por la sonoridad o acierto de los
nombres de estos lugares, la puedo ampliar a los de la capital de España, me
encanta oír y pronunciar sitios como Atocha, Fuencarral, Chamberí, Chamartín,
Manzanares, El Retiro, La Casa de Campo, El Prado, El Pardo, Carretas, Puerta
del Sol, Preciados, Cuchilleros, Recoletos,… ¡Hay para hartarse! Espero que no
me harten.
Bien, por culpa de todos esos
lugares tan sonoros y tan “de toda la vida”, los de este país pequeñito situado aquí arriba, que diría un
meacolonias cualquiera, estamos afinando nuestra puesta a punto con vistas a no
hacer excesivo ridículo cuando empujemos nuestros culos rotundos de rodador
camino de lo desconocido.
Durante este pasado invierno y
primavera hemos luchado contra el viento sur que ha soplado sin cesar, diría
que desde siempre; nos hemos ingeniado para regresar a casa con el “viento de
cola”, aunque algunas veces no ha habido más remedio que enfrentarnos a su
glotona panza como único remedio para llegar a nuestro destino. También hemos
desoído los sabios consejos de Tony Rominger respecto de no salir nunca a andar
en bicicleta cuando esté lloviendo. Lo siento Tony, más que otra cosa porque
tienes toda la razón y nos lo habías advertido, pero el hombre es cabezón y
tropieza todas las veces que sean necesarias en la misma piedra hasta que se da
cuenta de su terrible torpeza y… tropieza en otra.
Sin ir más lejos, el pasado
sábado amaneció un día feo, con el cielo plagado de nubes rápidas vestidas de
color azul marino de capitán de barco, que descargaban gotas poco a poco, tal
vez como estrategia para que nos confiáramos y nos adentráramos en lo irremediable
sin darnos cuenta. Aunque el viento soplaba del Norte, no ayudaba demasiado en
nuestro camino hacia Puente la Reina, pues tenía una tendencia del Oeste, es
decir NNO (creo). La pestosa “Cuesta de Mañeru” nos desafiaba con sus apenas
tres kilómetros de longitud, sabedora de que llegaríamos a la rotonda de arriba
con la respiración alborotada y el corazón a punto de salirse. La carretera ondulante
nos acercó a Cirauqui y, tras los repechos de Lorca y Villatuerta, alcanzamos
Estella. Buscamos la carretera de Vitoria y ahora nos esperaban unos 20
kilómetros hasta Acedo con el viento de medio frente. Pensé que era el momento
oportuno para evadirme de tanta monotonía y me dediqué a reconocer los
alrededores de la vía verde del “Vasco-Navarro”. No hace mucho tiempo, mi amigo
Ignacio y yo, nos perdimos una mañana con las bicicletas de monte y aparecimos
en Santa Cruz de Campezo después de dejar atrás a Murieta, Mendilíbarri, Ancín
y Acedo.
Volvemos a la realidad y la
verdad nos dice que, desde Acedo hasta Los Arcos, el viento ¿NNO? nos va a
ayudar con todas sus fuerzas y que éstas son poco menos que infinitas: ¡qué
maravilla! no es andar en bici, esto es
volar con una bicicleta entre las piernas. Si esto fuera eterno, todo el mundo
tendría uno de estos trastos de carbono. Los pocos repechos se subían a más de
50 kms/hora, el llano estaba hecho para galopar y, si se descendía, se volaba.
El pueblo de Los Arcos estaba
tomado por los peregrinos de la Ruta de Santiago y compartimos lugar en el
estrecho bar de la plaza de la parroquia de Santa María. Parecía que no había
tiempo que perder y se notaba la prisa por comprobar cómo andaríamos de
fuerzas para el camino de regreso.
Atravesamos otra vez Estella y
parece que los repechos que ¡vaya usted a saber! tal vez acaben en Puente la
Reina, los resolvemos con cierta soltura. El día continúa con el mismo tono que
nos recibió al principio de la jornada y los chubascos caen disimuladamente lo
justo como para no tener que abrigarse con el chubasquero.
En el último tramo de regreso a
casa hubo disparidad de criterios a la hora de afrontarlo y yo decidí hacerlo
por Campanas en lugar de subir El Perdón. A estas alturas de la marcha estaba
completamente desorientado de la dirección que traía el viento: lo mismo me
ayudaba que me golpeaba por todos los lugares. En el Carrascal me zarandeaba como una
hoja de papel y por la carretera general llovía con salero y yo con el
chubasquero en el bolsillo trasero. Si miraba al futuro, veía el cielo raso de Noain, aunque un poco más atrás venía lo que algunos dicen “la
mundial”.
Los domingueros que aprovechan el
sábado para hacer las compras en los centros comerciales me miraban con
conmiseración y pensaban: -"¿qué hará este jicho por aquí, rodeado de automóviles,
lloviendo, hecho un pordiosero, lleno de barro y nosotros tan rícamente en
nuestro SUV?"- Llegué a mi casa medio a escondidas,-"que no me vea nadie, no vayan
a pensar que estoy medio loco por no hacerle caso a Tony y recorrer 155
kilómetros con frío, viento y lluvia para andar un poco más decorosamente en la
Sierra Pobre Madrileña"-
Hasta pronto. Bs.
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