Sabes que una idea se ha
instalado en tu cabeza, todavía no le das importancia pero está ahí. Dejo de
oír las tentaciones de los “Chimeneas” y definitivamente marco como día
propicio el miércoles.
¡Mala suerte! La rueda trasera la
encuentro pinchada y traiciono a la Cannondale;
saco del cajón de los recuerdos a la GT y
me voy tranquilamente hacia el Camino de Santiago.
Dejo atrás la Universidad y
la acera de color rojo es propiedad de los peregrinos. La mayoría, al oírme, se
asusta y se atropella a un lado del camino. Todos pertenecen a determinados
grupos perfectamente reconocibles: los solitarios imperturbables ante las
dificultades; los que forman parte de una mísera pareja; los que participan de
un grupo; los que regresan sobre sus pasos asustados ante las dificultades… los
que subimos en bicicleta hasta el Monte de El Perdón.
Extraño mi bicicleta, se me hace
pesada. Desde la balsa de Guendulain hasta Zariquiegui el camino me parece
difícil: está húmedo, las piedras que sobresalen de la tierra me zarandean y
tan pronto estoy en el lado derecho como me encuentro en el izquierdo de la
estrecha senda.
Por fin las piedras dejan de
existir y dejan paso a medio kilómetro de exigente “cuesta arriba”. Los
peregrinos tienden a recuperarse del duro trecho al llegar
a Zariquiegui y dan rienda suelta a sus instintos: se descalzan; se desprenden
de sus camisetas sudadas y las cuelgan de los bastones; buscan unas monedas
para beber agua de la máquina; otros beben de la fuente; según el grupo al que
pertenezcan, hablan con sus congéneres o confraternizan con los de otras tribus,
tal vez solos. Esto no es lo mío, así que prosigo.
Me dirijo decidido hacia la
próxima dificultad y dejo atrás a un peregrino que camina a buen paso agarrado
a su bastón de buena altura. Las piedras me descabalgan y vuelvo a montarme en
la vieja bicicleta azul. La selección anterior ha dejado el camino libre de
peregrinos y continúo con mi “Vía Crucis” particular: tal vez sería buena idea
deshinchar un poco las ruedas y así dejaría de botar como un vulgar cowboy agarrado a su vaca en cualquier
exhibición de rodeo americano.
¡No es posible! ¡Pues sí! El
peregrino solitario, agarrado a su cayado, sube a buen paso y, sin duda, tiene
una única idea en su peluda cabeza: ¡voy a por ti y voy a arrancarte las
maltrechas pegatinas de tu vulgar bicicleta! Reacciono rápidamente y antes de
la fuente de la Virgen de Erreniega he dejado las cosas en su sitio. El tío
tiene ganas de guerra y me grita: -“El
primero paga”- No me asusta y,
arrogante, llego a la arista del Monte de El Perdón.
Parece que todas mis maniobras no
han pasado desapercibidas para un tío con pintas de alemán y me pregunta (en
alemán) si puedo sacarle una fotografía con el fondo de los peregrinos
esculpidos en “acero corten”. Yo, que entiendo el alemán perfectamente, le
contesto en español que “sí”. El tío tiene un smartpfone del tamaño de mi cartera de escolar cuando la llevaba
colgada de la espalda camino de las escuelas de San Francisco.
Por la antigua carretera de
Estella bajo el Puerto de El Perdón y la fuerza centrífuga se encarga de
despedir sin contemplaciones el barro adquirido en la reciente subida: los
tormones de tierra húmeda salen hacia mi cara, mi viejo culotte, el casco, las gafas. Llevo la bicicleta hecha unos zorros
y mi próxima visita tendrá que ser cualquier gasolinera con servicio de
limpieza de automóviles.
¡Oye, lo he pasado bien!
Hasta pronto. Bs.
Muy bien Vitorio, buen texto sobre el camino y sus criaturas. Eso sí, mejor periodista que fotógrafo. El comienzo me gusta mucho con esa inquietante idea en la cabeza...
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