Suena el despertador, son las 7
de la mañana. Para la liturgia que sigue no hay prisa: desayuno, periódico,
aseo y vestirme de “torero”. A las ocho y media ya estoy en el trastero y la
HaiBike está dispuesta. Comparto ascensor con un vecino del tercero y comienza
el Garmin a contar.
En la calle Abejeras hay poco
tráfico y pedaleo con ganas. Ahora no tengo una imagen nítida de lo que me ha
ocurrido; cada vez lo veo más difuso, la fotografía más clara, única en mi
memoria, es la de una puerta que se ha abierto sin permiso delante de mí. Una
puerta que, con el tiempo mísero para reaccionar, he logrado esquivar por el
lado derecho. No recuerdo qué he gritado; me imagino algo parecido a los
vencedores de las carreras ciclistas cuando pasan en primera posición por la
línea de meta: no se me ocurre adivinar qué es lo que dicen, ¿echarán un grito
“sin sentido”? ¿tal vez será un corriente y moliente “bieeeeen”? ¿un Wow? Pues
bien, seguramente yo habré dicho un sonoro ¡eeeeeeeeeeeeeh! a la madre de dos
niños que ha aparcado su coche negro en una esquina de la calle Abejeras.
Conforme esquivaba su maniobra y
me alejaba, he oído algo así como -“mejor
si fueras por el “carril-bici”- ¡Lo siento, no he podido reprimirme! He
dado media vuelta y me he dirigido hacia mi avasalladora y desconocedora de las
reglas de tráfico. Me ha recibido con un parlamento rápido y decidido y yo le
he contestado que –“bajo mi punto de
vista, no tenía ninguna obligación de circular por el ”carril-bici” y que ella,
en cambio, había hecho todo mal”- La gladiadora del volante ha maniobrado
rápidamente y me ha afeado mi conducta por el espectáculo que estaba dando
delante de sus dos hijos. Esto último ha sido un golpe bajo. No tengo ninguna
duda de que para un hijo tiene que ser muy violento ver y oír a su madre
discutir con otra persona. No importa quién tenga la razón; el niño sólo vé una
situación violenta en la que está inmersa su madre, la persona a la que más
quiere en este mundo. Media vuelta y hacia Azpilagaña.
Discurro por el viejo y sucio “carril-bici” que
lleva al nuevo parque del Sadar y veo que un vehículo negro me adelanta y que
ocupa un poco más adelante mi destartalado “carril”. Me paro y ¡sorpresa!
Aparece la querida y vieja amiga de hace un momento, la mamá de sus hijos, la
fiel guardadora de todas las reglas de circulación que afectan a los demás y se
pasa por el forro las suyas. La señora de las gafas negras me afea el disgusto
que les he dado a sus hijos y armándome de paciencia le contesto: -“Hace unos pocos años, en la calle Gayarre,
una ciclista murió por algo parecido a lo que acabas de hacer. Me ha parecido
una despreocupación tremenda la tuya aparcando tu coche en el lugar que te ha
venido en gana y luego abriendo la puerta de tu vehículo con el mayor de los
desprecios hacia el resto del mundo, sólo tenías una idea en tu cabeza: dejar a
tus niños en el colegio y seguir con la solución de tus problemas”- La
contestación de mi vieja colega mañanera no ha dejado lugar a dudas de su
talante mental: -“seguramente no llevaría
casco”- Como podéis comprender, ante tal duda, no he sabido qué responder.
No, no tengo argumentos para rebatir si mi recordada fallecida de la calle
Gayarre llevaba o no casco el día de su fatal accidente; sólo sé que un
conductor abrió la puerta de su automóvil y la pobre mujer, sin tocarla para
nada, en su intento de esquivar la maldita e inesperada puerta, cayó al suelo y
se mató.
Me he sentido desarmado, he
mirado el reloj y me he excusado diciendo que no tenía tiempo para hablar más
del asunto, llegaba tarde a la Chimenea:
-“Adios, guapa”- Sé que esto le ha sentado mal (machista).
Con este inicio del día, ¿cómo
puedo tener una marcha por la Montaña que resulte medianamente placentera? Pues
sí, la he tenido: nos ha soplado el aire del sur, hemos subido cuestas, hemos
discutido, hemos rodado con ganas, almorzado en Espinal y el camino hasta casa
ha sido la envidia de las gentes que se agolpaban en las cunetas.
Hasta pronto. Bs.

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