Los últimos días de febrero han
resultado un poco rebeldes para la práctica del ciclismo, así que en cuanto he
tenido un hueco, me he metido por él para recuperar el tiempo perdido. Han sido
tres vueltas cortas siempre acompañado por el viento o la lluvia. Mi compañera,
la bicicleta de montaña con cubiertas sin tacos. La pobre está de pena por el
barro pero, ya se sabe, parece como si no le importara ir por el mundo hecha
unos zorros. Un día de éstos, cuando pase esta borrasca que nos cubre y que nos moja con agua y nieve, nos iremos
juntos a la gasolinera y con apenas cuatro “manguerazos” quedará como nueva o
mejor.
No obstante soy reacio a perder
de vista los valles de Basaburua y Ultzama y, a la menor ocasión, “subo” por
ellos a riesgo de volver con el viento en la cara. Entonces me evado pensando en
cuestiones importantes y por mi
cabeza pasan imágenes guardadas en el último de los baúles y así, poco a poco,
me acerco hasta el pueblo.
Recordaba que en la primera etapa
la pierna izquierda se pone siempre roja, quemada por el sol: eso tiene viajar
en culotte hacia el Oeste. Los
hostales elegantes; los cuartuchos de mala muerte; las casas de particulares;
las penurias que ocasiona viajar con unas alforjas debajo del sillín y la
alegría incontenible que he sentido al llegar a Santiago.
Sin darme cuenta me planté en la
N-121 y comencé a ver en la orilla de la carretera unas botellas de agua llenas
de un líquido con un sospechoso color amarillo; ya se sabe: unos de amarillo
claro, otros de amarillo más oscuro, algunos de amarillo rojizo, pero todos con
el predominante color amarillo ¿qué cojones contendrán esas dichosas botellas
de PVC? ¡Ah, calla! ¡Ya sé! Son los camioneros que me están señalando el camino
a casa. ¡Gracias amigos! Otro día no os molestéis, de sobra sé por dónde se va
al trastero de mi casa.
No recuerdo qué pudo pasar por mi
mente porque esto de las señalizaciones me llevó a las célebres flechas
amarillas que ayudan a llegar hasta Santiago, salvo en Extremadura que, en la
Ruta de la Plata, emplean unos cubos de granito. Éstas están pensando en
suprimirlas, pues últimamente al Camino se ha sumado un nuevo sistema de
señalización consistente en los pañuelos Kleenex. Sí, cualquier peregrino,
como mortal que es, tiene una serie de necesidades para las que resulta
conveniente y hasta imprescindible tener a mano un paquetito de pañuelos
desechables que, como son desechables, bueno es echarlos por el Camino, y así,
sin pérdida de tiempo y sin ningún género de dudas podrás llegar a Galicia y al
Fin de Mundo de la misma manera que yo llego a casa con la inútil ayuda de mis
queridos compañeros de ruta los camioneros.
Hasta pronto. Bs.
No hay comentarios:
Publicar un comentario