sábado, 27 de febrero de 2016

Nuevo sistema de señalización en el Camino de Santiago



Los últimos días de febrero han resultado un poco rebeldes para la práctica del ciclismo, así que en cuanto he tenido un hueco, me he metido por él para recuperar el tiempo perdido. Han sido tres vueltas cortas siempre acompañado por el viento o la lluvia. Mi compañera, la bicicleta de montaña con cubiertas sin tacos. La pobre está de pena por el barro pero, ya se sabe, parece como si no le importara ir por el mundo hecha unos zorros. Un día de éstos, cuando pase esta borrasca que nos cubre y que nos moja con agua y nieve, nos iremos juntos a la gasolinera y con apenas cuatro “manguerazos” quedará como nueva o mejor.

Tengo la impresión de que esto del cambio climático no es un camelo ni mucho menos. Tal vez sean apreciaciones totalmente subjetivas pero, de un tiempo a esta parte, no hay manera de que el viento sople del “norte”. Siempre andamos buscando una vuelta en la que el aire nos traiga volando acariciándonos en el culo y, para que esto suceda, tenemos que “bajar” hacia el sur para volver más fácilmente. ¡En fin! Quien ande en bicicleta sabrá a qué me estoy refiriendo. 

No obstante soy reacio a perder de vista los valles de Basaburua y Ultzama y, a la menor ocasión, “subo” por ellos a riesgo de volver con el viento en la cara. Entonces me evado pensando en cuestiones importantes y por mi cabeza pasan imágenes guardadas en el último de los baúles y así, poco a poco, me acerco hasta el pueblo.

En esas estaba cuando me dio por recordar los Caminos de Santiago que, desde el año 1999 hasta ahora, he hecho. Siempre he tardado en llegar a Santiago diez días, así que me es un tanto costoso pensar en recortar en nueve con la pretensión de hacerlo en uno. Para eso están los madelmanes.
 
Recordaba que en la primera etapa la pierna izquierda se pone siempre roja, quemada por el sol: eso tiene viajar en culotte hacia el Oeste. Los hostales elegantes; los cuartuchos de mala muerte; las casas de particulares; las penurias que ocasiona viajar con unas alforjas debajo del sillín y la alegría incontenible que he sentido al llegar a Santiago.

Sin darme cuenta me planté en la N-121 y comencé a ver en la orilla de la carretera unas botellas de agua llenas de un líquido con un sospechoso color amarillo; ya se sabe: unos de amarillo claro, otros de amarillo más oscuro, algunos de amarillo rojizo, pero todos con el predominante color amarillo ¿qué cojones contendrán esas dichosas botellas de PVC? ¡Ah, calla! ¡Ya sé! Son los camioneros que me están señalando el camino a casa. ¡Gracias amigos! Otro día no os molestéis, de sobra sé por dónde se va al trastero de mi casa. 
 
No recuerdo qué pudo pasar por mi mente porque esto de las señalizaciones me llevó a las célebres flechas amarillas que ayudan a llegar hasta Santiago, salvo en Extremadura que, en la Ruta de la Plata, emplean unos cubos de granito. Éstas están pensando en suprimirlas, pues últimamente al Camino se ha sumado un nuevo sistema de señalización consistente en los pañuelos Kleenex. Sí, cualquier peregrino, como mortal que es, tiene una serie de necesidades para las que resulta conveniente y hasta imprescindible tener a mano un paquetito de pañuelos desechables que, como son desechables, bueno es echarlos por el Camino, y así, sin pérdida de tiempo y sin ningún género de dudas podrás llegar a Galicia y al Fin de Mundo de la misma manera que yo llego a casa con la inútil ayuda de mis queridos compañeros de ruta los camioneros.


Hasta pronto. Bs.

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