Cuando era un chaval, mi padre me
llevaba a las carreras del “Circuito de Pamplona” y “Trofeo del Sprint” que se
celebraban en Pamplona. Todos los años, al terminar la “Semana Santa”, en el
“Domingo de Resurección” y “Lunes de Pascua” no había mayor y mejor espectáculo que esas dos carreras ciclistas.
Entonces no había tantos deportes
como ahora y la “Semana Santa” no era un tiempo de vacaciones; en mi memoria
hay un momento de negrura en el que no se podía cantar ni chorradas por el
estilo, sólo visitar iglesias, ver, helado de frío, la procesión de rigor y
esperar a que todo ello acabara el domingo.
-“¡Papá, me llevas a la “carrera”! “- Sospecho que mi padre estaba
con las mismas ganas que yo de escaparse de tanta sotana y de tanta oxtia, así
que me agarraba de la mano y… ¡zas! Un año tocaba ver a los ciclistas en la
Rochapea, otro en la cuesta de San Lorenzo, en Beloso. Cuando había algo de
suerte en la tribuna de meta. Me asombraban las piernas musculadas de Musitu;
la fortaleza de Galdeano; la machaconería de Otaño; la honradez de Barrutia; el
aspecto africano de Bahamontes; el anonimato de los hermanos Urrestarazu; los
mediterráneos Poblet, Iturat, Bover y Marigil; el aragonés Bertrán; los del Kas
y Carlos Echeverría, el reiterativo Perurena; ¡en fin! La releche en bicicleta.
Pues sí, ahí estábamos mi padre y yo; estoy seguro que no habré seguido con
tanta atención ninguna otra cosa a lo largo de mi vida… bueno, tal vez el
“Trofeo del Sprint” en la avenida de Carlos III: la gente mayor y con recursos
en las terrazas de la Plaza del Castillo, los demás estábamos copando las
aceras del circuito con varias hileras de grosor. A los enanos siempre nos
hacían un hueco y podíamos ver a Miguel Poblet con su maillot amarillo del equipo IGNIS ganar, ganar y ganar y volver a ganar. ¿Qué queréis que os diga?
Estoy seguro de que Poblet fue el ciclista que más caló en las conversaciones
de los pamploneses que tuvimos la suerte de conocerle.
Voy a dar un salto en el tiempo
hasta situarme en los años 80 del siglo XX. Para entonces ya existía en Navarra
un equipo de aficionados que se llamaba Reynolds
y patrocinaba al club de Irurzun Irurzungo.
Yo andaba metido de lleno en la práctica del ciclismo en la categoría de
“cicloturista” y, otra vez, no me perdía ni una carrera de juveniles,
aficionados o profesionales que cayeran en mis manos. Por aquí hablábamos sin
cesar de los Acha, Segura, Otín y Ocaña aunque hubiera otros en el equipo. Eran
nuestros ídolos y, lo que era mejor, en más de una ocasión nos acompañaron en
nuestras marchas de los domingos como unos más del grupo. Me maravillaba la
facilidad con la que subían las cuestas y los puertos de la zona mientras
contaban las anécdotas de la carrera del día anterior. Yo a oír, ver, callar y
sufrir.
Aquel equipo se fue haciendo más
grande e importante y a mis paisanos se les fueron uniendo gente de otros lados
pero igual de majos: Laguía, Greciano, Rondán, López del Alamo, Arnaud. Aquello
funcionaba y llegaron dos verdaderas figuras al equipo: Arroyo y Delgado. ¡Oye!
¿Y Gorospe? Perdón, Gorospe.
Aquello funcionaba y lo mejor era
que en la recámara estaba Induráin. El
equipo navarro, como le llamaba aquel esperpéntico señor bajito al que sólo
le faltaba el buzo de los butaneros, cambió de nombre y ahora se llamaba Banesto.
Comenzó una época de oro en el
ciclismo español sin ningún género de dudas y sin fallos: Miguel era un
verdadero “tiro fijo”. Con él no había que esperar la genialidad de Delgado;
Induráin llegaba, ganaba y a por otra. Hay que reconocer que el equipo Banesto
no era sólo Induráin; si repasamos la plantilla de los años 90, tal vez debido a que la memoria tiende a magnificar los recuerdos, es de asombrar los
ciclistas que, si no llegaron a alcanzar el grado de súper figuras, tenían un
empaque y categoría fuera de toda duda. Aquí tengo que nombrar a Abraham Olano,
por cierto Campeón Mundial de Fondo en Carretera en Colombia, año 1995, segundo
Induráin.
Otra vez la estructura cambió el
nombre: a Banesto se le unió Illes
Balears y más tarde el equipo sonaba a francés: Caisse D’Epargne. Aquello no había quien lo parase ni falta que
hacía. Cuando el patrocinio francés dejó paso a Movistar ocurrió como en los grandes equipos de fútbol de la
actualidad: los mejores nacionales rodeados de figuras francesas, italianas,
portuguesas, costarricenses, rusas. Pienso que para ser el mejor equipo del
mundo ¡por delante del Sky! las cosas se están haciendo muy bien; no basta
con tener al mejor corredor del mundo, Alejandro Valverde, y otro al que no sé
cómo catalogarlo, Nairo Quintana; se necesita una base consistente que apoye a
los dos mejores.
¡Ah! Todo esto nació a partir de
una panda de aldeanillos navarros que, cuando empecé a andar en bicicleta, nos
maravillaban por su sencillez y categoría profesional y humana, igual que los
que, cuando era un chaval y en compañía de mi padre, alegraron mis finales de
la “Semana Santa”.
Hasta pronto. Bs.
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