lunes, 23 de junio de 2014

Camino de Santiago




Acabo de regresar de Santiago de Compostela después de realizar el Camino de Santiago en bicicleta. Han sido 9 días en los que nos hemos ido acostumbrado el uno al otro: tan pesada al principio y tan normal al final.

No tuvo un buen presagio el comienzo de la peregrinación. Acababa de dejar atrás Lerma, solamente llevaba 24 kilómetros recorridos y mi sospecha se hizo realidad: la rueda trasera culeaba por culpa del primer pinchazo. Eché mano de la hermana “estadística” y calculé que todavía me restaban unos 30 más. El futuro era negro pero no se consigue nada con las lamentaciones, así que manos a la obra: descargué las mochilas de la parrilla y desmonté la rueda. La cubierta y la cámara salieron con facilidad. Un perro de una granja cercana se empeñó en alegrarme la operación con sus ladridos. Ahora quedaba lo peor: hinchar la cámara con una de esas bombas pequeñitas y bonitas. Todavía arrastraba los restos de una pasada lumbalgia y no me gustaba nada la perspectiva de tener que darle al manubrio entre 500 y 1000 veces para levantar del suelo el neumático. ¡Allá vamos! ¡Calla perro! Unos cuantos kilómetros más allá paré para vigilar la presión y aproveché a darle el arreón definitivo al motivo de mis desdichas.


No recuerdo cuanto tiempo tardé en llegar a Castrojeriz, es lo de menos, de lo que si me acuerdo es de la alegría que tuve al ver el Castillo allá en lo alto y confundirme con los primeros peregrinos de la mañana. Hacía calor. Tres franceses y un nacional fueron mis compañeros de comedor; cada uno a lo suyo. Para algunos el Camino no significa confraternizar. Todavía tenía que llegar a Frómista y el Teso de Mostelares me puso a prueba. Se trata de un repechón de más de un kilómetro de largo y con desnivel medio del 12%. Sin duda lo mejor para hacer la digestión. Lo malo vino a la noche con el partido de fútbol. Los holandeses se sacaron la espina de la final del mundial de Sudáfrica y nos metieron la goleada del campeonato. 

Las jornadas se fueron repitiendo una tras otra y todas tenían su característica que las diferenciaba de su común monotonía. A punto de llegar a Carrión de los Condes, alcancé a Fabio, italiano,  iba a pie y llevaba su Specialized en su costado derecho. La rueda de 29” en el suelo. Le pregunté si necesitaba ayuda y me dijo que si. ¡Joder ayuda! Ayuda es poco; necesitaba un camión de ayuda: No sabía sacar la cámara de la cubierta; no llevaba bomba para hinchar la cámara; detecté que los “cierres” le servían de soporte para la parrilla; no sabía montar la rueda trasera. Sabía tanto de una bicicleta como yo de una nave espacial: nada. La diferencia estaba en que a mí no se me ocurriría nunca ir a la Luna y  él viajaba rumbo a Santiago en bicicleta. 


He procurado ser atento con los “andantes”, les avisaba con el “timbre” y  siempre se asustaban; los más avispados siempre se cruzaban de lado a lado del camino cuando estaba próximo a rebasarles. Un día me puse a adivinar la procedencia de los peregrinos: los más característicos son los orientales; no importa que vayan cubiertos de los pies a la cabeza, tienen una fisonomía única. Los italianos se dejan notar, los holandeses parecen gambas cocidas. Hay gente que ha rebuscado en los viejos baúles del desván para ponerse la ropa ciclista más estrafalaria del mundo: cuanto peor, mejor. 


La despedida de León guarda una dificultad para llegar a Lugo. Se trata de la subida consecutiva de O Cebreiro y San Roque. En cuanto se abandona Villafranca del Bierzo, comienza la subida de El Cebreiro; en total son 28 kilómetros y los primeros 22 son casi llanos; pequeños repechos sin dificultad pero siempre con la cara hacia arriba. Como diría aquél: “falsos llanos”. Los últimos 6 tienen lo suyo pero engañan, no aparentan nada del otro mundo pero lo son. Luego viene el Alto de San Roque que no está nada mal.

Poco a poco me doy cuenta de que reconozco a muchos peregrinos: aquellos primeros franceses que coincidieron conmigo en Frómista los veo muchas veces. Con Fabio he coincidido en tres ocasiones y nunca nos hemos hablado. Hay un matrimonio holandés que lleva las bicicletas en la parte trasera de su coche y siempre están cercanos a mí. ¡La vida!


Sin querer me estoy a cercando a Santiago. Los días amanecen con niebla y es algo que se agradece. La última etapa la hago feliz. El paisaje es agradable y se barrunta que detrás de aquella cuesta… no, tal vez la siguiente, se verán las torres de la Catedral de Santiago.
La maldita “estadística” se ha roto: no he vuelto a pinchar nunca más; lo malo ha sido que siempre la he llevado en la cabeza y pensaba –“dentro de poco pincharé”- 

 
A los que vienen detrás de mí: Buen Camino.

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