jueves, 22 de agosto de 2013

Los Lagos de Covadonga


En este mes de agosto han sido pocos los días en los que he rodado en bicicleta por mis lugares de costumbre. He pasado dos semanas en Burgos: la primera de ellas pateando la Sierra de la Demanda. La segunda, huyendo de la posibilidad de un accidente por “esos caminos de Dios”, me he refugiado en las carreteras, casi desiertas, de los alrededores de Covarrubias.



El pasado lunes, más que otra cosa para calmar el mono que todos llevamos dentro, nos juntamos los componentes oficiales de Los Tres de Castilla y dimos una de las vueltas clásicas del trío. No quiero detallarla porque más de uno diría: -“estos tíos no saben otra cosa que repetirse”-. Es verdad, parecemos a los toros que tienen querencia al burladero, tendemos a inclinarnos por los sitios en los que más cómodos nos encontramos. Fue un reencuentro con los itinerarios más familiares y sirvió para contrastar el estado de forma de mis compañeros de viaje: lamentable.


El martes me piré hacia un lugar eminentemente ciclista y reconozco que no me ha penado lo más mínimo: Asturias.

Ayer, a las 11 en punto, salía montado en bicicleta de monte con ruedas slicks de uno de los aparcamientos que tienen preparados ad hoc en los lugares próximos al Santuario de Nuestra Señora de Covadonga. El destino era la subida a “los lagos” que tantas veces hemos visto en TV y que, en alguna ocasión, hemos subido en la clásica cicloturista. Se me presentó esta oportunidad y no quise desaprovecharla.





 

Según dicen los del lugar, pocas veces se puede disfrutar en el año de un día tan espléndido como el de ayer. Para mi gusto un poco caluroso pero, nada que objetar. El aparcamiento era el P2 (bonito nombre) y está situado a 5 kilómetros del Santuario. Este primer kilometraje me sirvió para ir entrando en acción y reconocer los lugares que me han visto pasar en otras cuatro ocasiones.

En la rotonda que ahora distribuye el tráfico, justamente en el cruce del Santuario, comienza la ascensión. Bajo un túnel de arbolado, poco a poco me fui introduciendo en “harina”. Era agradable ascender, protegido por una sombra fresca, las primeras rampas de la cuesta de los Lagos de Covadonga. Cuando se sabe qué es lo que te espera, cualquier porcentaje que te señale el GARMIN inferior al 10% parece una tontería. Esto me recuerda la primera y única vez que subí el Burdinkurutzeta camino de Larrau: nadie te dice nada de que, entre medio, está el Orgambidexka, con unas rampas muy respetables pero, nada que ver con lo anterior ni con lo posterior. ¡Así somos de chulos!.

Hace unos cuantos años, uno de los antiguos componentes de UCN, el asturiano Juan Enterría, me describió la subida a los Lagos en un papel que decía: -“próximo a llegar a “la Huesera”, te encontrarás con unas casas con los tejados al mismo nivel que la carretera, a partir de ahí: sufrimiento sin descanso”- Este comentario siempre lo he tenido muy presente para esta cuesta y para otras que yo conozco. ¡Cuánta razón tenía el bueno de Juan! A partir de ese momento lo mejor que se puede hacer es dejarse de tonterías, quitarse todos los complejos, sacar tripa y… a ver cuando pasa este sagrado misterio.

Los kilómetros pasaban a una velocidad desesperante. Hacía cinco kilómetros que había dejado atrás a La Santina y, por mis cálculos, me parecía que eran veinte. Los autobuses de turistas que prefieren un medio más cómodo que la bicicleta para visitar a Enol y la Ercina, pasaban con regularidad dejando un tufo de humo que hacía aumentar la temperatura que para entonces ya era de 35 grados.

En plena Huesera estuve tentado de abandonar la carretera e introducirme en el camino, de hecho lo inicié pero, vi a lo lejos unas rampas que me asustaron y lo dejé para el año que viene con ruedas de tacos. Vuelta al asfalto y vuelta a lo de antes: cualquier cosa por debajo del 13% ya me parecía llano, así que desde el fin de la famosa cuestecilla, la de los huesos, hasta arriba fue coser y cantar.

Al llegar al Lago de la Ercina, aquello parecía Benidorm en día de fiesta de guardar. Todavía no habíamos llegado todos, faltaban muchos, pero era imposible tomarse una cerveza en el bar. Varios cordones de desaforados, a modo de guardianes de Miramamolin, esperaban impacientes su consumición y decidí echar mano de mi botellín de “Pedalier” mientras admiraba, igual que en el año 1996, el último de los lagos. Miré el reloj y eran 90 los minutos transcurridos desde que había montado en mi bicicleta en el P2, a 17 kilómetros de distancia, cuesta abajo.  

Confraternicé con unos compañeros que estaban resguardados del sol en su caravana y me comentaron que, solamente en autobuses, habían subido 4.200 personas el pasado martes. (8€ por persona).

¡Qué cosas tiene la gravedad! Nada que ver con la subida, la bajada es mucho más fácil, te hace ir a unas velocidades próximas al paroxismo. Conviene echar mano de vez en cuando a los frenos de disco si no quieres darte la consabida oxtia matinal: ¡yo no quiero!, que conste. Bajé rapidico pero con la mosca detrás de la oreja por si acaso los de los autobuses, en uno de esos viajes necesarios para acarrear cuatro mil y pico  turistas a 8 euros cada uno de ellos, me chafaban la ocasión de gozar del sol, de la luz, del calor, del paisaje, de lo contento que estaba, de las ganas que me quedaron de volver a repetir la experiencia…
 

Llegué a un bar próximo al Santuario y pedí una “caña”: -“¡no hombre, no, en ese vaso no! Sírvela en uno más grande, el doble o el triple de ese cucurucho que llevas en la mano”-



 

Dicen que la cerveza alimenta. Yo me alimenté mientras me cosquilleaba el paladar y ponía cara de pecador: Asturias patria querida, Asturias de mis amores...





Hasta pronto. Bs.

4 comentarios:

  1. Me ha gustado desde el principio hasta el final. La panoramica parece sacada del oeste.artista!

    ResponderEliminar
  2. Hoy he visto un par de puertos gran canarios que tu GARMIN tendrá que probar un día de estos.

    ResponderEliminar