Otra vez en el umbral de los días cortos y negros. Hace poco que el sol me
despertaba metiéndose por los ojos y ahora le saco ventaja: me levanto de la
cama antes de que él asome por el Tangorri.
La manga larga definitivamente ha desterrado a los manguitos y algún
adelantado se ha estrenado con los culottes
largos. Esto tiene mala pinta, seguramente que las castañas pilongas de la
avenida de San Ignacio estarán gordas, a punto de caer sobre las villavesas que se aventuren a
circular por el túnel de la Diputación.
El caso es que hoy no tenía buena pinta. Por cualquier sitio que mirase, el
cielo amenazaba con un color plomizo, las nubes rodeaban todo el perímetro y, a
lo sumo, allá a lo lejos se divisaba alguna esperanza pero, claro, había que
atravesar el peligro.
El
viento nos empuja y nos dejamos querer; a nuestra velocidad se le puede decir
cualquier cosa menos lenta, es una gloria abusar del viento a favor; no me
atrevo a mirar más arriba de la cabeza porque, en un descuido, he visto que
llevamos una nube del tamaño de Navarra entera con una pinta siniestra, muy
siniestra, cargada de lluvia. Observo alguna gota de lluvia en los cristales de
las gafas y ¡el chubasquero en el trastero! Nadie quiere ser el primero en
darse cuenta de la situación y huimos hacia adelante.
La Peña de Izaga sospecho que está detrás de una masa gaseosa de color azul
marino que lo abarca todo: será mejor disimular, no mirarla, hacerle
caso sería peligroso. Subimos la cuesta de Villaveta y, como si fuéramos
exploradores de cualquier película del Oeste, escudriñamos el futuro; no es que
sea muy halagüeño pero invita a probar. Subimos la interminable cuesta del
primer túnel y, poco a poco, nos acercamos a la del segundo. Vamos bien, con
alegría, el viento ya no nos ayuda como al principio pero estamos resguardados
por la Sierra de Labia y discurrimos sin contratiempos.
Dejamos atrás Nagore y… ¡Voilà! ¡Ahí está! A la altura de Uriz se divisan unas
cortinas de agua más propias del Mar Cantábrico que del Valle de Arce. Echamos
mano de la cordura y por una vez retrocedemos, esto es demasiado, no podemos
jugar siempre al “rojo” y pretender ganar cada vez que apostamos. Toca desandar
todo lo anterior y resulta agradable, nos damos cuenta de que hemos andado 16
kilómetros con el viento de cara y que Labia sólo nos ha arropado pero no
librado.
Es una tentación de la que no podemos librarnos y sucumbimos al pasar por
el Hotel Ekay: pincho, caña y café. Sólo queda seguir con nuestra flor en el
culo y driblar al agua como sea.
Nos dirigimos hacia el cruce de Monreal y de ahí hacia casa. Otra vez el
viento en la cara pero circulamos bien, no hay problema. Hemos sorteado la
lluvia y esquivado unas veces el aire y, otras, dejando que jugara un poco con
nosotros.
Me temo que de hoy en adelante sólo cabe ir a peor, por lo que nos tocará
lo de siempre: seis o siete meses haciendo de “apostadores del tiempo”
perdiendo como corresponde a cualquier jugador que se precie. Lo de hoy ha sido
la “suerte del principiante”, no nos engañemos.
Hasta pronto. Bs.
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