lunes, 31 de julio de 2017

Síndrome postvacacional



Estoy en pleno síndrome postvacacional. No recuerdo cual era mi estado de forma en el mes de junio, pero seguro que me permitiría algún alarde de los que ahora no puedo ni soñar en hacerlos.

Ni mucho menos estoy desesperado ¡estaría bueno! Hace tiempo que no sueño en participar en la “Vuelta”, ni tan siquiera en el “Tour” y las montañas del “Giro” han crecido demasiado, así que espero poder volver en breve a casa de una manera decente, sin que los vecinos murmuren y digan –“¿Has visto al del quinto, qué pena de hombre?”-

Pues sí, hoy he seguido con mi plan de recuperación y apenas he dejado un par de miserias por la carretera. La elegida ha sido mi querida y vieja bicicleta de monte. Ya no se ven muchas de esas, calza ruedas de 26” y es de aluminio. La he rescatado del olvido y ella, a su manera, me lo agradece: no cruje, cambia a la primera, frena de manera segura, es cómoda y, a nada que me empeñe, discurre por Ultzama con la alegría de cuando la compré hace ya 15 años.

 

Todos los años compruebo que en los meses de julio y agosto es un privilegio andar en bicicleta por Pamplona. Se nota que mis paisanos se “han ido a Tudela”, a Puente y a cualquier otro pueblo de esos que no aparecen ni en el mapa ¡mejor! La Vuelta del Castillo está en plena etapa de recuperación sanferminera y por cualquier rendija del carril-bici aparecen brotes de los árboles que lo limitan. Me paro en todos los semáforos en rojo y los escasos trabajadores con los que me encuentro, piensan –“¡mira qué majo el ciclista este!”-

Voy por el barrio de la Rochapea y aquí la cosa sigue parecida: poca gente por las calles, algún técnico en electrodomésticos con la furgoneta en el carril-bici, los perros aliviándose por el camino del Plazaola y los soldados recuperando su maltrecha figura camino del cuartel.

Bueno, diviso el puerto de Marcaláin, lo subo y lo bajo, llego a Lizaso y me tomo un café con leche en el Aitona. Hasta ahora llevaba el viento en la cara y espero que cuando termine con el café no me lo hayan cambiado de posición. Parece mentira que pedalee y no me canse: voy con el ritmo adecuado, esquivo con precisión quirúrgica las grietas de la carretera y me pregunto por qué el asfalto, con pintas de haberlo echado recientemente, está tan deteriorado ¿Será de mala categoría? ¿No habrán acondicionado previamente el terreno? ¡Joder, si dentro de poco cabrá la rueda en cualquiera de las rajas que me guían hasta Ostiz!

La Nacional 121 como siempre, no tiene arreglo, así que huyo por el campo de Sorauren y me presento en Pamplona. Ha cambiado desde que la dejé hace un rato: ha subido la temperatura y los rezagados se han plantado en la calle con pintas de “piscineros”.

Esto es todo, ha sido una marcha tranquila que espero sirva para mandar lejos el síndrome de las vacaciones y pueda seguir el ritmo de los buenos del grupo.

Hasta pronto.
Besos.

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