Cada uno tenemos nuestro gusto
por las cosas. La pintura, la fotografía, las canciones, el cine, la
arquitectura, etc. Cualquier rama de las artes está sometida a nuestro
particular gusto y lo que para uno es extraordinario, para otro puede que no lo
sea.
Allá por los ochenta existió un
grupo musical que se llamó “Golpes Bajos”. Su cantante, Germán Coppini, era
malo hasta decir basta, pero eso no quita para que tuvieran un gran número de
fans que les siguieron como grupo de culto y que, a la muerte de Germán,
llenaran de comentarios compungidos las redes sociales. Una de sus canciones
más oídas se titula Malos tiempos para la lírica.
Este título musical se podría
copiar para los tiempos que nos están tocando vivir. Para los profesionales que
salimos a entrenar todos los días de la semana, resulta fatigoso despegarnos de
la pereza y convencernos de que tal vez no sea tan malo vestirse de torero y
lucir tipo de bailarina por las calles de Pamplona.
Cuando suena el despertador, el
cielo todavía está cerrado por defunción. Apenas se distinguen los contornos de
las nubes y las baldosas de las aceras brillan con su traidora humedad. El
desayuno se hace largo con la esperanza de que algo cambie, que todo sea
producto de la noche y que el día traiga algo de calor, poco aire y que no
llueva.
Casi todo ha sido en vano. Son
las nueve y media, el cielo ha transigido y ahora tiene color gris, gris
panzaburro, tenemos 12º de temperatura y el futuro está negro, negro como el ombligo
de un sumidero de tenebrosa fregadera. El Oeste no presagia nada bueno; el Norte
parecido; el Este es una mala copia de su hermano Oeste y el Sur… ¡sí! el Sur
parece que tiene un tufillo de esperanza. Nos colamos por esa rendija y, a cada
viraje, vemos que lo que se queda atrás parece decir: “ya volveréis”.
Salimos hacia Tajonar y en Noain
viramos por la antigua carretera de Sangüesa. El viento pega de cara; se le
nota que todavía no ha terminado de despertarse y deja que trajinemos con
cierta soltura mientras nos metemos en su panza. Nos alcanzan los del grupo de Egüesibar y decidimos no alardear, al
fin y al cabo son ellos los que nos han pillado y se supone que andan más que
nosotros. Trepamos por la cuesta ¡cabrona cuesta del Bosque del Sengáriz! y
ponemos los bronquios a punto. Lo que viene después hasta el Alto de Loiti se
me empieza a atragantar. Sudo como un maratoniano por el Sahara. El ropaje de
invierno me estorba; el viento sureste comienza a dejar de tratarnos con cariño
y suben los grados de temperatura; me gustaría bajarme los manguitos pero, ¡no llevo! en su lugar me palpo una camiseta
térmica y las mangas del etxeondo con
su wind stopper infernal. Vamos
camino del café de Lumbier y el viento nos zarandea en la bajada del puerto. No
tenemos ganas de insistir.
El Irubide y los ciclistas. Dúo inseparable. Café con leche, zumo de
frutas y piss, eso es todo. Confiamos en que nuestras esperanzas de llevar el
viento en el culo se conviertan en realidad y volvemos por donde hemos venido.
¡Bingo! Todo resulta mucho más
fácil: las pedaladas producen; el calor se soporta mejor y los kilómetros se
dejan atrás con facilidad. Estamos subiendo Loiti y el mojón del 20 llega
pronto. Nos relajamos en el pedaleo y aprovechamos para hablar de lo que no habíamos
tenido ocasión. De pronto caigo en la cuenta de que no se deben dejar pasar las
oportunidades: ¡estamos en la mejor de la mañana y nosotros hablando! El viento
en los bolsillos; los repechos se salvan sin problema; cuando terminan los
llanos hay una ligera tendencia hacia abajo… ¡Lo siento, se acabó lo bueno!
Llevo los ojos llenitos de
lágrimas, no veo muy bien lo que indica la rendija de la “velocidad” del Garmin. Adivino que vamos a 56 kms/hora
y subiendo. Se acercan las rotondas de Salinas y las salvo sin protección en
las rodillas. A lo lejos está Monreal y entremedio una larga recta con ganas de
comerla a zapatazos. Solamente por eso ha merecido la pena pasar las penurias
de la ida.
Aunque todas las circunstancias
sean favorables, circular a tal velocidad produce mucho desgaste; que nadie
piense que esto cae regalado del cielo ¡no! Cuesta y mucho, así que en el cruce
de Urroz decidimos pausar el ritmo y descubrir poco a poco si vamos a ensuciar
o no la bicicleta: por hoy hemos tenido suerte; el cielo sigue exactamente
igual que a primera hora de la mañana pero no llueve.
Lo dicho, corren malos
tiempos para la bicicleta, pero es lo que tenemos por aquí ¡qué le
vamos a hacer!
Hasta pronto. Bs.
No hay comentarios:
Publicar un comentario