miércoles, 12 de febrero de 2014

Puerto de Echauri


Si empezara por el final, diría que apenas hemos alcanzado los 80 kilómetros en nuestra salida de hoy con las bicicletas de monte. Tendría que completar el relato diciendo que nos hemos montado en las “gordas” a las 10 de la mañana y que nos hemos bajado un poco antes de las 2 de la tarde.


Es muy probable que al leer esta introducción más de uno piense: -“¡menuda machada! 4 horas para tan poco”- 


Yo le diría que la ignorancia es muy atrevida o que estoy interpretando los pensamientos de un verdadero madelman, un tío duro curtido en largas kilometradas diarias y capaz de plantar cara a cualquier profesional de esos que entrenan por Navarra y llevan maillot del Movistar. Un fantasmilla.


Camino de Cizur atravieso territorios de la Universidad de Navarra y comparto el carril-bici con los estudiantes despistados. Hace un frío de mucho preocupar y, sin darme cuenta, estoy sumergido en la niebla. El camino rojo está señalado en el hielo por huellas de ruedas; parece que la gente le ha cogido gusto a esto de la bicicleta y no le hace ascos a desplazarse pese al frío mañanero. No tengo prisa y transito detrás de sucesivos grupos de andarines desocupados y despreocupados. Arriba espero a los castellanos y al poco rato van apareciendo quejándose de la cuesta.


“El Escalador” comienza su rosario de improperios cuando la vieja amiga niebla nos rodea de nuevo. Por mi parte maldigo el descenso de Gazólaz y es que estamos a “bajo cero” y el aire penetra por las rendijas del Windstopper sin contemplaciones. Llevo las gafas completamente empañadas y comienzo a oler un cierto tufillo de cabreo cuando oigo que: -“si hubiésemos ido a Lumbier, seguro que no habría niebla”- Mala cosa, ¡nunca lo sabremos! Prosigons.


Atravesamos Otazu y, sólo por curiosidad, me fijo en el porcentaje que señala el GARMIN cuando trepamos por la cuesta de cemento de Echauri: 15% ¡bien!


 Mi querido y siempre dejado de lado puerto de Echauri nos abre sus brazos y nos recibe con sol alegre y bueno. Los Tres de Castilla comienzan su vía crucis particular llevando la cruz de la manera que Dios les ha dado a entender. Cada uno a su estilo: “El Escalador” moviendo los pedales con el garbo propio de los grimpeurs. Ancarrana a su ritmo, como siempre. Ignacio sin meterse en complicaciones unos cuantos metros más atrás. 


Durante los 3 primeros kilómetros la ascensión es machacona, pertinaz como la lluvia. Los porcentajes se instalan en el 7, 8 y 9% y los mojones tardan en llegar. Procuro evadirme y cuento las pedaladas. Por un instante me asalta la idea de ir a por la carnaza que me ofrece Juanjo pero, no, mejor sigo como voy. Al inicio del puerto, en el primer mojón kilométrico, llevaba 19,20 kilómetros recorridos. El 0,20 decimal me indicará cuanto me falta para llegar al 14, al 15, al 16 y al 17. Me paro en el 17 porque para mí, en ese punto, comienza la liberación de mi pesadilla anterior; a partir de ahí la cosa se alivia una miaja, me atrevo a bajar una corona (en las bicicletas de monte son 4 dientes) y llego a la curva del 18. No veo a nadie, uno se ha ido por delante y otro se ha quedado por detrás. Perfectamente podría ir enseñando musculatura, hace calor o… tengo. Sigo con mis cálculos matemáticos y llego a la conclusión de que, desde el 19 al 20, daré 400 pedaladas ¡error! Han sido 350. 


Sé que he pasado por delante del Mirador de Echauri pero no lo he mirado. En la carretera había rastros de la nevada de estos días y mi cuerpo parecía una tea humeante cuando nos hemos parado para reconsiderar la ruta. Decidimos seguir hacia Muniain rumbo a Azanza. ¡Imposible! la carreterita, además de empinada, estaba cubierta de nieve y la sensatez de Ignacio nos ha llevado al puerto de Guirguillano.



En algunos momentos el cielo nos ha amenazado con un color azul negruzco pero ha ganado el sol. Sin que sirva de precedente diré que la ascensión la hemos hecho en grupo, en trío, a buen ritmo pero sin romper la amistad. En la bajada creo que hemos tomado una sabia decisión: girar en Orendáin a la izquierda rumbo a casa.


Conforme avanzábamos, notaba cómo se iba apoderando el dolor de las piernas, no era cansancio, he dicho dolor. En esta aventura no estaba solo, “El Escalador” debía de ir peor que yo pues repetía sin cesar -“voy muerto, ¡matao!”- Ignacio callaba y, en algunos momentos, alardeaba. 


Así, doloridos, muertos y alardeantes hemos llegado a Pamplona. Hoy hemos podido con el famoso puerto de Echauri; un cabrón de 7 kilómetros duros, pelmas, soleados y, arriba, nevados.


¡Viva la MTB!

Hasta pronto. Bs.

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