Hace frío. Apenas abro la puerta
noto que el día está más que fresco. Todavía el GARMIN no ha reaccionado y
señala 18º, la temperatura del trastero.
El carril-bici de la Vuelta del Castillo está tan concurrido como
siempre: una mamá haciendo footing que lleva en un carrito a su hijo, un adelantado de la próxima San Silvestre,
dos señoras con chándal y zapatos
castellanos hablando de sus vecinas y tres estudiantes de la Universidad de
Navarra… en bicicleta. Bueno, también voy yo con la Look pero eso no cuenta.
Estoy un poco acojonado por salir
en alguna “carta al director” cuando circulo por la acera de Yanguas y Miranda;
me doy fuerzas cuando pienso que apenas llego a los 9 kms/hora al adelantar a
los currelas que van a… currelar. Antes de que me alcance “la Villavesa” salgo
pitando y llego muy bien posicionado al Paseo de Sarasate. Los “forales” no se
dan cuenta de que paso por delante de ellos y, en otro despiste de la
circulación, me sitúo en cabeza de la motorización que baja hacia la Chantrea.
¡Joder, qué frío hace! He dejado
atrás la Magdalena y el termómetro del barrio señala un grado negativo y mi
GARMIN… también. Esto no falla, hoy he acertado con el ropaje: mucho, bien y
sin estridencias.
La mayoría de los que están y de
los que llegan han superado los 50 años, otros incluso más. El camino es
complicado; atravesamos rotondas, “burladas”, “villavas”, “olazes” y
“gorraizes” y ¡por fin! nos introducimos en la niebla. El ambiente, propio de
la Segunda Guerra Mundial, me hiela la punta de los dedos de las manos y la
destilación de líquidos no cesa. Alguno avanza la idea de que no vamos a ver el
sol hasta Campanas. Llegamos a Urroz y el nuevo asfalto ayuda mucho, no siento
que estoy subiendo la cuesta de Unciti y tampoco cuando la bajamos. El sol se
ha adelantado a los vaticinios y vemos sin dificultad la Higa de Monreal.
En este grupo no hay madelmanes;
en cuanto alguno, sin querer, se desmanda, la voz del gallito de turno le manda
a su sitio. La velocidad media no es baja y el grupo, compacto, avanza hacia el
Carrascal. No hay variación cuando se enfila a Puente la Reina, todos formamos
parte del pelotón y si alguien flojea se le espera.
Ya estamos en el cruce de
Orendáin y unos cuantos se arriesgan a
subir Guirguillano. Tenemos tiempo para mirar las garzas que vuelan en la presa
del Señorío de Sarría y el camino es fácil. Así vamos pasando lugares y
llegamos a Pamplona.
Solamente con la idea de lucir un
poco los kilómetros del día, nos arriesgamos a circular por la variante norte y
trepamos Beloso. A regañadientes la cifra ha subido a 105 kilómetros y la media alcanza los 27 kms/hora.
Admiro la manera de andar que tienen mis amigos de los
martes y los jueves, gente veterana y fácil en la convivencia.
Hasta pronto. Bs.
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