Si empezara por el final, diría
que apenas hemos alcanzado los 80 kilómetros en nuestra salida de hoy con las
bicicletas de monte. Tendría que completar el relato diciendo que nos hemos
montado en las “gordas” a las 10 de la mañana y que nos hemos bajado un poco
antes de las 2 de la tarde.
Es muy probable que al leer esta
introducción más de uno piense: -“¡menuda
machada! 4 horas para tan poco”-
Yo le diría que la ignorancia es
muy atrevida o que estoy interpretando los pensamientos de un verdadero madelman,
un tío duro curtido en largas kilometradas diarias y capaz de plantar cara a
cualquier profesional de esos que entrenan por Navarra y llevan maillot del
Movistar. Un fantasmilla.
Camino de Cizur atravieso
territorios de la Universidad de Navarra y comparto el carril-bici con los
estudiantes despistados. Hace un frío de mucho
preocupar y, sin darme cuenta, estoy sumergido en la niebla. El camino rojo
está señalado en el hielo por huellas de ruedas; parece que la gente le ha
cogido gusto a esto de la bicicleta y no le hace ascos a desplazarse pese al
frío mañanero. No tengo prisa y transito detrás de sucesivos grupos de
andarines desocupados y despreocupados. Arriba espero a los castellanos y al poco rato van
apareciendo quejándose de la cuesta.
“El Escalador” comienza su
rosario de improperios cuando la vieja
amiga niebla nos rodea de nuevo. Por mi parte maldigo el descenso de
Gazólaz y es que estamos a “bajo cero” y el aire penetra por las rendijas del Windstopper sin contemplaciones. Llevo
las gafas completamente empañadas y comienzo a oler un cierto tufillo de cabreo
cuando oigo que: -“si hubiésemos ido a
Lumbier, seguro que no habría niebla”- Mala cosa, ¡nunca lo sabremos!
Prosigons.
Atravesamos Otazu y, sólo por
curiosidad, me fijo en el porcentaje que señala el GARMIN cuando trepamos por
la cuesta de cemento de Echauri: 15% ¡bien!
Mi querido y siempre dejado de lado puerto de
Echauri nos abre sus brazos y nos recibe con sol alegre y bueno. Los Tres de Castilla comienzan su vía
crucis particular llevando la cruz de la manera que Dios les ha dado a
entender. Cada uno a su estilo: “El Escalador” moviendo los pedales con el
garbo propio de los grimpeurs. Ancarrana
a su ritmo, como siempre. Ignacio sin meterse en complicaciones unos cuantos
metros más atrás.
Durante los 3 primeros kilómetros
la ascensión es machacona, pertinaz como la lluvia. Los porcentajes se instalan
en el 7, 8 y 9% y los mojones tardan en llegar. Procuro evadirme y cuento las
pedaladas. Por un instante me asalta la idea de ir a por la carnaza que me
ofrece Juanjo pero, no, mejor sigo como voy. Al inicio del puerto, en el primer
mojón kilométrico, llevaba 19,20 kilómetros recorridos. El 0,20 decimal me indicará cuanto me falta para llegar al 14, al 15,
al 16 y al 17. Me paro en el 17 porque para mí, en ese punto, comienza la
liberación de mi pesadilla anterior; a partir de ahí la cosa se alivia una
miaja, me atrevo a bajar una corona (en las bicicletas de monte son 4 dientes)
y llego a la curva del 18. No veo a nadie, uno se ha ido por delante y otro se
ha quedado por detrás. Perfectamente podría ir enseñando musculatura, hace
calor o… tengo. Sigo con mis cálculos matemáticos y llego a la conclusión de
que, desde el 19 al 20, daré 400 pedaladas ¡error! Han sido 350.
Sé que he pasado por delante del
Mirador de Echauri pero no lo he mirado. En la carretera había rastros de la
nevada de estos días y mi cuerpo parecía una tea humeante cuando nos hemos
parado para reconsiderar la ruta. Decidimos seguir hacia Muniain rumbo a
Azanza. ¡Imposible! la carreterita, además de empinada, estaba cubierta de
nieve y la sensatez de Ignacio nos ha llevado al puerto de Guirguillano.
En algunos momentos el cielo nos
ha amenazado con un color azul negruzco pero ha ganado el sol. Sin que sirva de
precedente diré que la ascensión la hemos hecho en grupo, en trío, a buen ritmo
pero sin romper la amistad. En la bajada creo que hemos tomado una sabia
decisión: girar en Orendáin a la izquierda rumbo a casa.
Conforme avanzábamos, notaba cómo
se iba apoderando el dolor de las piernas, no era cansancio, he dicho dolor. En
esta aventura no estaba solo, “El Escalador” debía de ir peor que yo pues
repetía sin cesar -“voy muerto, ¡matao!”-
Ignacio callaba y, en algunos momentos, alardeaba.
Así, doloridos, muertos y
alardeantes hemos llegado a Pamplona. Hoy hemos podido con el famoso puerto de
Echauri; un cabrón de 7 kilómetros duros, pelmas, soleados y, arriba, nevados.
¡Viva la MTB!
Hasta pronto. Bs.
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