domingo, 23 de febrero de 2014

Las Clásicas de Primavera están ahí.



Si hiciera un recorrido por mi cuerpo, tendría que decir que estoy agradablemente cansado. El trabajo de hoy está realizado y parece que bien.


Todavía no han dado las 7 de la mañana y me despierto. El día tiene ganas de amanecer y el cielo un color azul oscuro, propio del que está dejando atrás el negro de la noche. (jajaja)


En la Vuelta del Castillo adivino una fina capa de hielo y, la verdad, tengo muy pocas ganas de levantarme. Me vuelvo a meter en la cama. Media hora más tarde comienzo todo lo anterior y sigo igual. Decido dar una nueva oportunidad a mi lucha contra la pereza mientras desayuno y leo el Diario. 


Apenas faltan 15 minutos para las 9 y en la “autoescuela” la gente ha ganado al frío. El grupo de desarrapados cada domingo es más grande y la caravana de Mad Max discurre por la avenida de Bayona parando en cuantos semáforos encuentra. Diría que hay un cierto miedo a enfrentarse con el destino ¡joder, qué frío tengo!


Estamos ya en plena carretera, atrás hemos dejado la sombría variante este y, camino de Elcano, el sol y el viento de cara nos espera. Comienza el ritual semanal: no tardan en aparecer los madelmanes de turno, hoy hay muchos. Lo peor de una cuesta consiste en que no parezca que estemos subiendo, creo que lo llaman “falso llano”. Discurrimos hacia arriba con viento de cara, no siento frío y, conforme alcanzamos el final de la cuestecilla, corremos más y más. Decido cortarme y acierto: en la subida de Mendióroz “pelotón agrupado”. Esto tiene guasa, hemos aumentado la velocidad en la cuesta arriba en 2 kms/hora. ¡Corremos más hacia arriba que en horizontal!


No hay nada que se nos resista. Lo peor del inicio ya está metido en el zurrón. En el repecho de Lerruz me contengo para no ponerme en cabeza ¡qué felicidad! Tengo la ilusión de ser uno más del Lizarte. ¿Llanear? ¡Sí, camino de Aoiz! El repecho de Villaveta no se hace largo y tengo por delante un largo tramo sin apenas dificultades.


Poco a poco se me instala en la cabeza una preocupación en forma de pregunta: ¿podré con la p… cuesta de Sansoain? La última vez se me resistió la jodida. Me acuerdo de una canción que dice que “la vida hay que tomarla como viene” y eso hago. 


Tengo la sensación de que los últimos puestos del pelotón los ocupo yo todos. Pedaleo con ganas y los penúltimos no se van. Estoy a punto de caerme por un “afilador” maldito que afila ruedas a mi derecha. Sigo metido en el pelotón.


Levanto la cabeza y no queda nada. Sigo oteando y veo que, por culpa de Marino Lejarreta y sus lecciones de circular atrás, voy a quedarme cortado. Los madelmanes de verdad se van sin remisión y yo estoy rodeado de madelmanes de la China. No pasa nada. Tenemos 15 kilómetros para cazar.


La carretera parece lija, la velocidad próxima a los profesionales y el grupo anda que se las pela. No hay manera, los “buenos” han mantenido la distancia y, seguramente, que la han aumentado. Llegamos al 20 y allí: Elcoaz.


Todo lo que he contado hasta este punto hay que volverlo a desandar. Espero que sea más fácil aunque… no sé.


Me incrusto en un grupo de juveniles y vamos recogiendo cadáveres. Me distraigo y me transformo en un cadáver más. Decido resucitar y con la ayuda de Alberto, mi viejo amigo Alberto, alcanzo al grupo de enterradores justo cuando la gente se despista y unos se van hacia la izquierda y otros, los que han leído el “libro de ruta”, hacia la derecha. No quiero ni acariciar el freno, subo con el impulso del llano y bajo la cuesta de los que afilan cubiertas como si me fuera la vida en ello.


Estoy en el llano acompañado de Oscar, madelman de los de verdad, y, a lo lejos, divisamos a tres maromos que se habían escapado del maremágnum anterior. En la recta de Urroz los alcanzamos y resulta que son tres cabrones con pintas: José Antonio (A), Felipe y Pascual. Miro al Polar y llevo 85 kilómetros. No sé si me fallan las fuerzas o la cabeza pero, no puedo subir la cuesta que escapa de Urroz. Me junto con Diego y hablamos ¡Jodé, que bien se va mientras que mis “ex” se alejan!


En Ripagaina, con mis amigos Iñaki y Obeko, tomamos unas cañas y maldecimos de nuestra forma de andar en bicicleta. ¡No tenemos remedio! 110 kilómetros.


Hasta pronto. Bs.


No hay comentarios:

Publicar un comentario