Comentaba que no era un buen día para hacer alardes y
era verdad. La marcha del pasado domingo ha dejado secuelas en mi cuerpo o ¿ha
sido el sábado?
No soy el único del trío que se
queja del jopo. Cuando “eso” duele es difícil concentrarte en otra cosa; es
entonces cuando comienza a maquinar la célebre pescadilla y no hace otra cosa
que comerse la cola: si te duele el culo tiendes a relajarte, el ritmo baja
considerablemente y todo el peso del cuerpo se asienta en el mismo sitio, en el
sillín, hasta que llegas a casa maldiciendo la idea que has tenido de salir a
dar una vuelta en bicicleta.
Por este motivo las vueltas de
estos tres últimos días han sido eso: vueltitas. El lunes justamente llegaron a
50 los kilómetros que separan el ir y venir hasta/desde Zubiri. Ayer martes
fueron 70 los que suman cuando te empeñas en dar la vuelta a Erro. Hoy, quien
haya salido a las orillas de la carretera para verme pasar, tendrán que haberse
apostado a lo largo de la vuelta a Ulzama pues por ahí he andado.
He decidido aprovechar el día tan
espléndido que ha salido y hacer poco caso del dolor. Alguien dice que el dolor
se puede obviar y he pensado que podía ser una buena ocasión para darle la
razón.
Estamos en un periodo en el que
todavía la normalidad de los horarios no se ha instalado definitivamente en
Pamplona. En las horas tempranas de las mañanas sólo circulan por la Vuelta del
Castillo los “footineros” y los peregrinos de Santiago. Los semáforos se pueden
transgredir sin mayor peligro y los pocos desocupados que han salido a andar
por el camino del Plazaola no te miran con desprecio. Por las traseras de
Berriozar y del cuartel de Aizoáin los soldados, en pantalón corto y camisetas
de distintos colores, se apartan con prisa en cuanto oyen el crujido de las
ruedas slicks en contacto con la
gravilla.
Procuro poner el ritmo adecuado
para que mi trasero no se queje y avanzo contento hacia Ollacarizqueta. Apenas
dejo atrás la serrería, me adelanta un ciclista con bicicleta híbrida y muy
pocos kilos encima. Comienzo la subida al puerto de Markaláin y observo que mi
“adelantador” se ha estancado en su progresión. Poco a poco la distancia entre
los dos se va acortando y, en la curva
del kilómetro 7, le alcanzo. Arriba del puerto reconoce que se sube mucho mejor
detrás de un culogordo.
Pocas cosas se comparan al gusto
tan agradable que deja acercarse a la cuesta de Guelbenzu bajo la sombra de los
árboles y la temperatura tan acobais
del momento. Desde el inicio de la cuesta hasta el cruce de Lizaso, hemos
confraternizado y me he enterado de que el de la “bicicleta híbrida” practica
el atletismo y que todavía se encuentra un poco desorientado en cuanto al
ciclismo. El pobre tenía prisa por entrar a trabajar.
Lectura de la prensa en el
Restaurante Orgi y con un café en el cuerpo vuelvo hacia casa con las mismas
sensaciones que traía. Las rectas de Ulzama las devora a buen ritmo la Flash y, pese al ligero viento de cara,
el GARMIN señala cerca de 40 kms/hora.
Un momento antes de Oricáin
comienzo a sospechar que alguien con bicicleta de montaña está a punto de
pasarme y acierto. El jicho hinca los riñones con esmero y llega mucho antes
que yo al cruce con la antigua N-121. Lo siento Ignacio, no puedo reprimirme y
ese tío tendrá que caer ¡seguro!
En el cruce de Endériz lo alcanzo
y prosigo sin preocuparme. Tras un par de relevos llegamos a Sorauren y nos
despedimos. Prefiero adentrarme por el camino fluvial y hacer el trecho que
queda hasta el trastero “soltando piernas”.
Ha sido una buena mañana, he
podido gozar del paisaje, de la temperatura, de la compañía, del café, del
periódico y el culo no me ha dolido demasiado.
Mañana veremos. Bs.
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