martes, 23 de julio de 2013

El túnel del tiempo


            Definitivamente me cambio al día, la noche no tiene nada que rascar, donde esté desplazarse por mi pueblo a las ocho y media (08,30) que se aparte el hacerlo a las veinte treinta (20,30). Sí, ya lo sé, muy pocos andan a esas horas tan intempestivas, me refiero a las de la noche. Algunos compran unos faroles con potencia superlativa que espantan a los pobres animalillos que ya estaban medio dormidos por el campo. En mi caso hablo de madrugar un poco y tener la posibilidad de no bronquear con nadie, de saltarte los semáforos en rojo y no importar, pues todavía pocos sienten la necesidad de coger un taxi, las “villavesas” van por su camino, los repartidores no reparten y los que andan no hacen ruido. Así, cruzo Iturrama y me planto en la primera cuesta del día, la Avda. de Galicia, avanzo hacia Pedalier y, al llegar a Monjardín, echo de menos el curso escolar: no hay ni un 4x4 aparcado en triple fila, ni un pasma desordenando el tráfico, ni ná de ná.


            Por fin llego a “La Chimenea” y espero a Iñaki; todavía tardará un rato en aparecer, así que me siento y observo todo lo que se menea. De pronto oigo un ruido que no se me hace desconocido pero que, en las primeras décimas de segundo, no logro adivinar de donde proviene. Apenas ha transcurrido un instante y mi cuerpo, que no mi cerebro, me dice qué es “eso”: son los aspersores que humedecen la pradera que rodea nuestro lugar de encuentro. Más bien ha sido la sorpresa de recibir una ducha vestido lo que me ha molestado porque, bien mirado, el agua no estaba fría.








            No puedo contar muchas cosas respecto a lo que nos ha pasado en nuestra ruta de hoy, justamente recuerdo que hemos aparecido en Erro sin darnos cuenta; la conversación ha sido fluída: hemos dado buena cuenta de los distintos modelos de bicicletas, de sus componentes, de los distribuidores, de cual nos gusta a rabiar, hemos recurrido al anecdotario, vagamente distingo que nos hemos cruzado con Luis (Vidales), después con José (Salvador) y, más tarde, con Juan Cruz (Ibarrola) pero, casi casi, podría decir que tengo un agujero en mi cerebro y que he perdido la memoria de lo que me ha pasado desde “La Chimenea” hasta Erro, pasando por Urroz.

            Subiendo el puerto hemos movido con salero el jopo y, bajando hacia Zubiri, hemos alcanzado a toda la automoción que nos había superado en la otra vertiente. Qué duda cabe que el pasado Tour nos ha enseñado mucho acerca de las técnicas del descenso y, claro, eso se nota.

            Camino de casa no hemos caído en la tentación de seguir a los pocos desocupados que nos han alcanzado y es que nosotros seguíamos en la idea de terminar con el catálogo de bicicletas y anécdotas que habíamos dejado a medio componer anteriormente.

            La Vuelta a Erro ha estado muy bien dada y mañana seguiremos cantando a dúo Iñaki y yo, ¿dónde? Ni idea.

            Hasta pronto. Bs.

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