Llevo cuatro años escribiendo las Crónicas Marcianas Ciclistas. Empecé un
día que jugamos a ser ciclistas y, con la amenaza de la lluvia, apretamos el
pedaleo. Aquel día patentamos el invento del ritmo centroeuropeo.
Los que leían aquellas primeras crónicas decían que les gustaba verse
reflejados en lo que escribía y reconocer las aventurillas que relataba. Hubo
uno, un ultrafondista por más señas, el que me dijo que, cuando más le gustaban
mis escritos, era cuando no hablaba de ciclismo. No dejé caer en saco roto
aquel comentario y procuré salpicar la bicicleta con otros asuntos. Encontré un
filón con la crítica a los profesionales del motor y al movimiento de los que
tienen la suerte de acudir diariamente al trabajo. ¡Ah! Los padres que llevan a sus hijos al colegio
también tuvieron y tienen cabida en mi corazón.
Cada vez espacío un poco más las crónicas y es que no me encuentro
inspirado. De vez en cuando hago un “examen de conciencia” y siempre llego a la
misma conclusión: el riesgo de practicar
el ciclismo me tiene acojonado. En esta situación ¡cómo voy a estar
inspirado para escribir!
El ciclismo desde siempre me tiene enamorado; no tengo ninguna duda de que
la ilusión de sentirme un Balaverde la cogí cuando era un niño
de siete años y todavía no se ha ido atomarporsaco. Cuando salgo con la grupetta sé que tarde o temprano la
gozaré, me reiré, sufriré, volaré, seré el mejor, el peor, el rey del mambo, de
reojo miraré en los ventanales de los concesionarios de automóviles y veré
pasar al sucesor de Induráin…
Bien, entonces ¿por qué estoy acojonado? lo he dicho un poco más arriba:
nuestro compañero el tráfico, el que está a nuestro lado en cuanto salimos a la
calle ha conseguido que mi otro acompañante diario sea el miedo. Tengo mucho
miedo a coger la bicicleta para gozar encima de ella ¡qué cosas! Miedo a
sentirme libre, a reír, a sufrir, a ser el mejor y el peor.
En mi cabeza hay un alboroto de noticias: todos los días los periódicos
hablan de atropellos a peatones y ciclistas; las calles no son seguras ni para
unos ni para otros; en este asunto no hay distinción entre los profesionales y
los globerillos, todos entramos en el mismo saco y corremos el mismo riesgo. Las
carreteras cada vez están más estropeadas y en lugar de aquellos arreglos
maravillosos de los que alardeábamos antaño, ahora lucimos petachos realizados con
desgana y poco gusto; el tráfico pesado se escapa de las vías de pago y se
refugia en carreteras que tenían que ser nuestras y del aldeano del pueblo ¡de
nadie más! ¿Qué pintan camiones de gran tonelaje, diseñados para las rutas
internacionales, circulando por carreteras comarcales con el fin de evitarse
pagar un peaje?
Dicen que cada uno de nosotros “comenta
la feria según le va en ella”, pues mi feria es el ciclismo, un deporte
maravilloso sometido a la tiranía del tráfico y de los que teniendo en su mano
la posibilidad de hacer algo ¡algo por él! no hacen nada.
Todo esto que escribo no tiene otra salida que el cesto de los papeles, el
mundo va a seguir igual por mucho que yo ¡pobre de mí! escriba esta crónica. Descerebrados,
distraídos, asesinos, drogadictos y borrachos pueblan las carreteras y nosotros
con ellos, así que no me creo que una “campaña de concienciación” pueda
arreglar el asunto. Un slogan al estilo de aquel “hacienda somos todos” no le veo ningún futuro; una mujer estupenda
en ropa interior, colocada debajo de un termómetro en el cruce de una avenida y
recordando a los automovilistas que tenemos que ser respetuosos con los
ciclistas, tampoco; siempre habrá algún parabrisas lleno de polvo con el sol en
los ojos que nos impida ver a un madrugador vestido de torero; más de una vez
no nos verán y lo sentirán ¡vaya que lo sentirán!
Creo que no tenemos escapatoria, solo hay dos soluciones: tener mucha
suerte y librarnos por los pelos o… dejarlo.
Ser o no ser, esa la cuestión.
Hasta pronto. Bs.
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