sábado, 5 de noviembre de 2016

¡Ciclistas! No hay lugar para el desánimo



Estoy a la altura del “rebote” del frontón de López, el ventanal de la cafetería me cobija del primer día de invierno adelantado con el que mi pueblo se ha estrenado. El entorno no ayuda en nada si lo que uno quiere es levantar el ánimo. Al bueno de López se le ocurrió un día, hace ya muchísimos años, construir un frontón en su huerta y le salió bien: grande y fuerte, largo y alto, oscuro como las murallas de Pamplona, igual que las canteras olvidadas del monte de San Cristóbal; un verdadero mamotreto capaz de soportar, cuan cucarachas de su mismo color, los sucesivos días de cualquier catástrofe nuclear de estas que tanto abundan hoy en día.


¡Jodé, qué inicio más lúgubre ha tenido esta crónica ciclista! Cualquiera diría que tengo el ánimo por los suelos, pero ya avisaba al principio que el día y el marco no ayuda nada para disipar momentos malos, al contrario los aumenta.


Tendré que maniobrar rápidamente, escapar de lugares negros, húmedos y fríos; albardarme de música agradable, dejar de pensar en la imposibilidad de pedalear tan siquiera por el sur. Dicen que leer es una buena costumbre y que trae consigo una fama de cultura y admiración por los que no lo hacen habitualmente, veremos.


No obstante, reconozco que mi primera maniobra orquestal, ha sido también la oscuridad de la que me propongo huir. Tengo una rutina anual que consiste en zambullirme, en los días amenazantes como el de hoy, en la piscina. ¿Alguien ha sentido tanta tristeza como la que se experimenta en una piscina cubierta? El agua transparente, perfecta; la temperatura, acobais; las duchas, de miedo; los socorristas, atentos; la soledad, infinita; el silencio, sepulcral, hasta tal punto que no oigo el chapoteo de mi bracear; los metros se suceden despacio y las baldosas del fondo son exactamente iguales a las de los costados. Enseguida he buscado una excusa para alejarme rápidamente de semejante mojada ratonera y la he encontrado en cuanto he llegado a los 300 metros: -“a los 400 me largo de aquí, no vaya a ser que me contracture por falta de costumbre. Otro día más”-.




Seguramente que un buen número de ciclistas hoy habrán mirado por las ventanas de sus casas, apartando los visillos con miedo de encontrarse con lo que ya se sabía, lo venían anunciando desde hace muchos días.  El verano inverso que hemos disfrutado desde que el cambio climático es una realidad, se iba a acabar, que a los andaluces se les iba a apaciguar los pozales de agua que han sufrido recientemente y que todo iba a volver a la normalidad. Pues sí, los planes que proyectamos con la ilusión de que esto no se acabara nunca, se han resquebrajado por su base, por su parte más lógica: estamos en el Norte, en la zona de los pastos verdes, con árboles de los buenos, de los gordos, con nieblas que dejan entrar con cuentagotas los rayos del sol, con temperaturas rácanas, con lluvias casi a diario y que, puestos ya, preceden a otras, casi olvidadas nevadas. Esto es lo que tenemos por aquí, así que no me vengáis con truculencias de días negros como sobacos de grillos; para negritud los países centroeuropeos, para frío en las tierras vikingas, para…, para…, para… ¡Para! ¡Para jodé! Vivimos en el mejor lugar del mundo, arriba el ánimo, sólo se trata del primer día de invierno, quedan muchos más…


Hasta pronto. Bs.


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