Desde que nací y hasta que se fue,
admiré a mi cuñado Maxi. Conviví con él de una manera natural. No pasé por el
trámite de conocerlo, cuando vine al mundo él ya formaba parte de mi familia.
En su juventud había sido
ciclista y, alternando con el trabajo de camarero, entrenaba antes de comenzar
a laborar, inmediatamente antes o después de comer y, si el sol lo permitía,
cuando salía del trabajo. Disputaba todas las carreras que podía en los fines
de semana y su figura de deportista encandilaba a mi hermana Charo.
En el año
1976 retomó su afición por el ciclismo y, juntos, comenzamos a engordar una
afición que todavía hoy perdura. En nuestras salidas me contaba sus batallitas
y, entre todas ellas, recuerdo un par de hechos que me hicieron pensar que, a
su nivel de humilde ciclista aficionado, había algo por lo que seguir
admirándolo: La primera fue cuando el recordado José Luis Oreja, presidente de
Unión Ciclista Navarra, al verlo en las oficinas del Club, se levantó y le
saludó con sincera efusividad, justificando el acto por haber participado en
alguna ocasión en el Circuito de Pamplona con corredores profesionales de la época.
Otro día recordaba con orgullo cuando logró resistir a Jesús Galdeano toda la
subida del puerto de Erro. Galdeano fue un corredor profesional navarro con una
contrastada categoría en el pelotón nacional e internacional y que siempre
estuvo arropando a las figuras de entonces en equipos que todavía hoy
recordamos: Faema (España, con Bahamontes y Loroño; Italia, y Bélgica), Ignis
de Miguel Poblet, Selección Española en el Tour de Francia y un buen número de
sucesivas formaciones. ¡Pues sí! mi cuñado Maxi era un fenómeno: lo mismo
alternaba con lo granado del ciclismo navarro que, sin esfuerzo, dejaba sin
caracoles las faldas de la Higa de Monreal; solucionaba la superpoblación de
cangrejos en el río Araquil; arreglaba un automóvil; rehacía una cocina entera
o atendía, con maneras pausadas, la conversación de turno. ¡Un verdadero fenómeno!
Este sentimiento de admiración no
se ha terminado con el que sentía por mi cuñado Maxi. A lo largo de mi vida
siempre me he fijado en pequeños detalles que, sin aparente importancia, me han
dejado con la boca abierta. Ahora que parece que en Finlandia andan pensando en
suprimir la caligrafía, siempre me han maravillado la cantidad de compañeros de
trabajo que me hacían disfrutar con su letra ágil, elegante, armoniosa. La
destreza con la que, el primer profesor de autoescuela que tuve, sacaba el
automóvil del garaje con una sola mano (era manco). Los futbolistas que
desplazan el balón con un sutil “toque” y marcan gol desde su propio campo. Admiro
a Vladimir Salnikov, el primer nadador que consiguió bajar de los 15 minutos en
la prueba de los 1500 libres. ¿Alguien se ha puesto a nadar, en serio, 100
metros en una piscina? ¡Por favor, probad! Y así 15 veces. Me asombran los
pelotaris que son capaces de mandar la pelota con la mano hasta el rebote. Me
gustaría poder rodar un instante con un ciclista de los buenos a ritmo de…
Miguel Induráin, por ejemplo, en plena escapada ¡imposible!
Me maravillan las madres que
hacen algo de lo más natural en esta vida: dar a luz a una nena o a un nene,
alimentarlo, vivir en función del recién llegado y quererlo sin remedio.
Todo esto y muchas cosas más me
maravillan. Esto lo enmarco de manera positiva y, por desgracia, me asombra
todo lo malo que es capaz de hacer el ser humano en su vertiente más negra ¡una
pena!
Hasta pronto. Bs.
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