En nuestras salidas en bicicleta
no hacen falta muchas cavilaciones para saber a quién llevas al lado. Aunque no
recuerdes en ese momento su nombre,
tienes en la mente un completo dossier con todos sus datos tanto personales
como ciclistas: lugar de trabajo, marca de su bicicleta, características de su
segunda bicicleta. Recuerdas que recientemente te dijo que había cambiado la
cadena, ahora lleva un Polar asqueado del rendimiento que le había proporcionado
el Garmin, tiene preparada una marcha por los Pirineos, etc. etc. etc.
Esta información ha sido recogida
a lo largo de muchos años de convivencia ciclista; unas veces con el corazón en
la boca porfiando por salvar decorosamente tal o cual repecho, otras en un
puerto terco como él solo, tal vez estirando el cuello por salvaguardar el
status de rodador que la vida te ha asignado. Todo eso y muchas cosas más
sirven para saber en dónde te mueves y quién te rodea. En definitiva, el grupo
en general es perfectamente reconocible por cada uno de sus integrantes.
Antiguamente, desde los inicios
de la práctica de este deporte hasta el año 2003, no era obligatorio llevar
casco en las pruebas de "profesionales" salvo en algunos países; de este último
dato sólo recuerdo que los ciclistas tenían una chichonera arrinconada en su
trastero y que solamente la sacaban a relucir cuando iban a disputar carreras en
Bélgica. La aplicación de esta norma tuvo una primera fase y era que, cuando la
etapa de la prueba en cuestión terminaba en “alto”, se podía disputar este
último puerto con la “cabeza despejada”. Más tarde se determinó que no habría
más excepciones y el uso del casco pasó a utilizarse desde el kilómetro 0 hasta
el último de la prueba.
Desde siempre los corredores han
tenido una fisonomía propia. Lo mismo ocurre con el resto de la humanidad. Pero
ciñéndonos al ámbito ciclista, si echamos mano de nuestra memoria, recordaremos
la calva de Miguel Poblet, el pelo ensortijado de Bahamontes y ligeramente
ondulado de Loroño. El perfecto esculpido de Anquetil atusando su pelo en los
alrededores de San Lorenzo, la gorra del Kas con la que Carlos Echeverría
merodeaba los primeros puestos de las clasificaciones de las carreras, el pelo
rebelde de Luis Ocaña con remolino inmediatamente detrás de su frente. Las
caras devoradoras de triunfos de Merck y de Hinault, la engañosa sonrisa de Miguel Induráin que en
realidad era un gesto de dolor ocultado tras sus elegantes gafas, el pelo liso de
Lucho Herrera tal y como correspondía a su condición de indio colombiano, los
restos del acné pasado de Pello Ruiz Cabestany. El conjunto armónico en tonos
rubios del inefable Perico Delgado, la imponente calva de Bjarne Riss, la
minúscula gorrilla que era suficiente para tranquilizar la melena de Marino
Lejarreta, y tal, y tal, y tal. Así podría seguir hasta la eternidad. Todos los
ciclistas, hasta aquel fatídico año 2003 con la muerte de Andrei Kivilev, tenían
su característica principal para ser reconocidos: su cabeza.
A partir de entonces se acabó.
Como burros acostumbrados al palo, hemos tenido que aprender a descifrar que,
bajo aquél casco con forma de sandía partida por la mitad, se esconde uno de
los mejores corredores de toda la historia: Fabian Cancellara. ¡O quizás no!
Tal vez se trate de Tom Boonen. No, Tom es más alto que Fabian. Yo creo que,
efectivamente, se trata de Fabian, sí, fíjate lleva un motor escondido en el
pedalier. ¿Y ese bailarín? Contador. ¿No ves que lleva las gafas de última
generación con filtro ultrasónico y solar para darle más carisma y sintomático
misterio? ¿Ese del maillot blanco? ¡Brigitte Bardot! He visto uno con un casco
Catlike que penetra en el aire una barbaridad ¡Bah, el mejor es el Uvex! ¡Joder!
¿Quién coño es ese con pintas de Mazinger? No sé, se parece mucho al resto del
pelotón, pero ¿su dorsal acaba en 1? Entonces será un “jefe de fila”, mira a
ver. Balaverde. No, ese no corre, Izaguirre.
Hasta pronto. Bs.
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