miércoles, 16 de julio de 2014

¡Cuánto da de sí un mes!



Hace un mes llevaba varios días metido de lleno en el Camino de Santiago. Había dejado atrás El Burgo Ranero, pasaba por León, cruzaba Puente de Orbigo y llegaba a Astorga; aún me quedaba un trecho largo para llegar a Santiago y pedaleaba con gusto.





El domingo, 22 de junio, conducía un automóvil por A Coruña, Lugo, León, Palencia y Burgos; en Covarrubias cambiaba de auto y, con el mío, regresaba a Pamplona. Apenas tuve tiempo para olvidarme de mi vieja GT cargada de mochilas y dar unas vueltikas por mi verde Navarra con la “buena”, la Look. Cogí un Alvia y me planté en Madrid; sólo dos días y otra vez en mi casa para ver el “chupinazo” y poner rumbo a Cambrils el día 7.




 






 







Una semana justa en el azul mediterráneo y ¡por fin! voy a tranquilizar al mono dándole rienda suelta por Ultzama, Erro, Sorogain… por donde quiera el chaval.


Esto no es vivir. Tanto ajetreo no tiene que ser bueno para el cuerpo. Mi mente aldeana que se asusta del “trajín de gentes, de autobuses grandes y pequeños” que decía Paco Martínez Soria, necesita de la tranquilidad de mi pueblo, sentirse arropado en las calles del casco viejo de Pamplona, dejar de lado al Tom Tom y saber en todo momento por dónde me muevo. Todo esto lo he conseguido, he regresado a la Cuenca de Iruña, mi pueblo, tan lleno él de aldeanos, cabezones como ellos solos.



 Esto es todo por hoy. Otro día, lo prometo, me meteré con Carles de Andrés. Hasta pronto. Bs.

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