1º de mayo; volvemos a cumplir con la tradición de hacer una salida maja,
consistente, con kozcor diría yo. En el recuerdo quedan nuestras queridas
excursiones a Zaragoza: ni una sola cuesta que echarse al coleto y tirando del
plato grande durante toda la mañana ¡qué tiempos! Aquello era rodar… y rodar.
Ahora no; ahora lo que se estila es ir, por ejemplo, hacia “Tierra Estella”
y, poco a poco, abandonarla de puntillas, sin hacer mucho ruido, no vaya a ser
que de repente y por la noche alguien te ponga una nueva cuesta.
Son las 7,30 y llovizna. Como diría un vecino mío, txirimiriza. En la
rotonda de Noáin me encuentro con el grupo de “los Ibarrola” y oteamos a lo
lejos a Ignacio, en el Carrascal.
Buen ritmo en el pedaleo y comienzan las
cuestas: la de Mañeru, la de Lorca, Villatuerta, túnel de Estella, Ayegui,
Iratxe que no acaba hasta Azqueta, Urbiola y alguna más. El Polar señala 70
kilómetros y llegamos a Los Arcos (nuestra Tierra,
¿eh, Ignacio?) A estas alturas ya somos un solo pelotón. Indistintamente desde
donde hubiéramos salido por la mañana, hace rato que no hay gente desperdigada.
Pelotón agrupado que diría el “Butanito”.
Viramos hacia la carretera de Sesma y parecemos buenos. La carretera es
extraordinaria y en muy pocas ocasiones se baja el plato. Por fin aparecemos en
Lerín y entonces el “cuenta” dice que estamos en 103 kilómetros de vuelta.
Almuerzo que, para no romper con la tradición, es putapéniko.
Hay que recuperar otra vez el ritmo de carrera y dejar atrás el
amodorramiento del vino trasegado. El ritmo es bueno y la velocidad se maneja
por los 40 kms/hora. Llegamos a Miranda de Arga y después de un rato, por fin,
alcanzaremos Tafalla. Diría que nos queda lo peor: 35 kilómetros con el aire de
cara y con las fuerzas minadas. Mi cabeza tiene un miedo injustificado, pero
miedo al fin y al cabo, al trayecto que nos lleva hasta el Carrascal. Se tiende
a subir y el repecho de Barasoain, sí, ese que coincide con la curvatura de la
tierra, ese que no acaba nunca, y el de más adelante de la vía del tren me
martirizan. Si logro superar esos inconvenientes no le tengo miedo a nada ni a
nadie. Con la carrerilla que se coge bajando el Carrascal, se cruza Campanas a
ritmo centroeuropeo, se suben los escalones de Beriain y… a por el último
esfuerzo serio del día: el repecho de Noáin. ¡Jodé, estoy arriba!
Lo que queda hasta casa no merece la pena contarlo porque lo solemos tomar
a ritmo de “soltar piernas” y nos dejamos llevar.
Hemos llegado a los 170 kilómetros en total y han sido 6 las horas
empleadas, incluyendo almuerzo, para completar la etapa del Día del Trabajo;
doy fe de que hemos trabajado.
No quiero martirizaros más. Otro día contaré los pensamientos que me pasan
por la cabeza cuando circulo en pelotón rodeado de todos vosotros. ¡Somos
tantos y tan diversos los componentes del grupo! ¿Buena gente? ¡Sí!
Hasta pronto. Bs.
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