Aquí sigo, me imagino que como la
mayoría salimos un día, descansamos dos y volvemos a mal andar al siguiente.
Las bicicletas están colgadas del techo y hace tiempo que he desistido de
limpiarlas. En otra ocasión hablaremos de la capacidad de ensuciarse que tienen
estos aparatos en días de lluvia o, como recientemente, con la humedad
reinante. No queda una rendija sin porquería variada; en otro orden de cosas lo
compararía a los automóviles cuando los sumergen en pintura en sus fábricas y
el cubrimiento es total.
Suelen decir que -“el
que no tiene otro quehacer con el culo caza moscas”- así que, entre la
oferta para matar al “moniko” que presenta mi pueblo, me he inclinado por
patear el Paseo Fluvial del Río Arga, el del Ultzama y el del Elorz ¡todos,
no ha quedado ni uno sin tocar!
También hay otro que dice que -“no sólo de pan vive el hombre”- y tiene
razón: no se puede estar todo el santo día marchando al ritmo musical que
marque el iPad, hay que diversificar y
la oferta del gimnasio resulta atrayente y hoy he decidido ponerme a
cubierto, dejar el paraguas y vestirme de boludo
(lo digo por lo de las bolas, no por otra cosa).
Al abrir la puerta me ha venido a
recibir cierto olor a… ácido ribonucleico
o como se diga el olor a sudado: ¡jodé, qué tufo a sobaco y a otras cosas! Es
como si fueras a rueda de un maromo que no se hubiera cambiado de maillot en
una semana y fuera acumulando sudor tras sudor diariamente. Menos mal que
enseguida me he habituado al lugar y hasta he contribuido sin rubor al ambiente:
¡ya era uno más del grupo!
El gimnasio tiene una cosa mala:
por mucho que te muevas siempre estás en el mismo sitio. Da lo mismo que te
subas a una bicicleta estática o que remes sin descanso. ¡No hay manera! A tu
lado siempre estará la misma columna o el sudoroso compañero de turno. Además,
parece ser que, entre aparato y aparato, siempre hay que andar: lo que más se
hace es andar con cara de persona interesante, seria, concentrada, buscando
otro aparato que termine de modelar la figura escultural o hercúlea que Dios te
haya dado. Todos, más tarde o más temprano, acabaremos andando de aquí para
allá pensando en qué cojones me subo, me estiro, me corro, me remo, me sudo… me voy.
Si alguno de vosotros no es un
habitual de estos lugares, me gustaría comentar que los gimnasios de “por aquí”
no son como los que acostumbran a aparecer en las películas norteamericanas
frecuentados por personas rubias, altas y guapas ¡eso es mentira, no existe!
¡Ah, que conste que cuando me refiero a las personas empleo el género neutro!
No hago como cierto político vasco que diferenciaba a los vascos de las vascas
haciendo el discurso largo y pelma. Por cierto, reconozco que creó escuela,
equivocada pero creó escuela. A lo que iba, cuando digo personas me refiero a
las de uno u otro sexo, es decir a todos los que destilaban sudor. Me he
confirmado en la idea de que, quitados dos o tres boludos, lo mejor es taparse
cuanto más mejor y no enseñar semejantes despojos.
Me piro, hasta pronto. Bs.
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