Otra vez mirando al cielo con
recelo, otra vez echando mano de los manguitos, otra vez sintiendo un frescor
premonitorio cuando bajo por la Fuente del Hierro, otra vez las castañas están
dispuestas a caer sobre los capós. ¡Amigos, esto huele a otoño!.
El banco de Cizur está húmedo y
cuando le digo a Ignacio que me haga sitio, remolonea. El chaval, poco a poco,
había conseguido colmar el culotte con
el agüilla que absorbía de la madera y, claro, no quería repetir la operación.
Enseguida ha llegado Juanjo
maldiciendo, como siempre, de la p…
cuesta y, como quien oye llover, nos hemos dirigido hacia Ororbia. Hoy me
he despertado con una canción de esas que, sin saber por qué, martillean el
cerebro hasta que, aburridas de tanto dar la pelmada, se van por donde han
venido. No me atrevo a contar cual era porque Ignacio, que se la sabe, es capaz
de ponerse a cantarla desde el principio al final. Los vecinos de Cizur la han oído, cerrando las ventanas espantados
y un amigo de José María Iparraguirre también.
Por el camino se nos ha sumado un
muchacho, Diego, que nos ha acompañado hasta Jaunsarás. Buena gente.
Juanjo no hacía más que repetir
que se me notaba la vuelta de ayer por Oroz Betelu ya que no había manera de
pedalear con garbo. A mí, sin embargo, me venía a la mente una jota de Raimundo
Lanas que dice: -“Si bebo vino: borracho, si no bebo: miserable”- y es que no
sé cómo acertar: -“si corro: soy un alardes,
si no corro (demasiado): se nota la vuelta de la montaña”-
Así hemos llegado a casa: un poco
más descansados que a la salida y con el proyecto hecho para los próximos días.
Entre unas cosas y otras, he
tenido tiempo para pensar en lo egoístas y poco respetuosos que somos con todos
aquellos que nos han precedido. A veces creo que hemos aparecido en este mundo
por generación espontánea. Cuando vemos un partido de baloncesto de los años 60
del siglo XX, nos reímos de la pinta de catetos de los jugadores con sus
pantaloncitos cortos y sus errores en el tiro a canasta. Si el partido es de
balonmano nos sonreímos de sus camisas flojas y su estilo tosco. Todos
vestiditos de blanco para jugar al tenis. Unos señores muy mayores jugaban a
pelota mano. Otros, montados en bicicleta, subían los cuestas dando chepazos
mientras arrastraban desarrollos impropios de los puertos de montaña (los
mismos que suben ahora pero sin asfaltar).
Tengo muy claro que de no haber
existido Emiliano y otros de su época, difícilmente habría jugadores de
baloncesto como los de ahora. Los Perramón, Cecilio, Melo y muchos más hicieron
posible los Aguinagalde, Entrerrios, Juanín García y mil más. Santana y los que
vinieron detrás gestaron a Nadal y a todos los de ahora. Cualquier selección
española de fútbol actual ganaría sin despeinarse a otras tantas de la “furia
española”.
Ayer, mientras veía la etapa de
la Vuelta Ciclista a España, me quedé asombrado de la velocidad con la que
ascendieron el puerto de Bayona que llevaba a meta. El televisor mandaba
imágenes de unos señores subiendo con una soltura desconocida en las
retransmisiones de hace unos pocos años. Merck, Ocaña, Thevenet, Hinault,
Delgado, Rijs… todos hasta llegar a Induráin, subían con desarrollos
impensables en el momento actual pero, para hacerlo como ayer subían el Alto do
Monte da Groba, ha sido necesario un siglo y pico de desconocimiento y
sufrimiento de todo tipo para que los ciclistas de ahora sean capaces de
pasarse por la piedra a todos los que les han precedido. Vamos, es mi
impresión.
Hasta pronto. Bs.
Los deportes son los mismos. Han cambiado las técnicas y la preparación. Hemos disfrutado antes y ahora también. Esperando otra crónica.
ResponderEliminar