En
este mes de agosto han sido pocos los días en los que he rodado en bicicleta
por mis lugares de costumbre. He pasado dos semanas en Burgos: la primera de
ellas pateando la Sierra de la Demanda. La segunda, huyendo de la posibilidad
de un accidente por “esos caminos de Dios”, me he refugiado en las carreteras,
casi desiertas, de los alrededores de Covarrubias.
El
pasado lunes, más que otra cosa para calmar el mono que todos llevamos dentro,
nos juntamos los componentes oficiales de Los Tres de Castilla y dimos una de
las vueltas clásicas del trío. No quiero detallarla porque más de uno diría:
-“estos tíos no saben otra cosa que repetirse”-. Es verdad, parecemos a los
toros que tienen querencia al burladero, tendemos a inclinarnos por los sitios
en los que más cómodos nos encontramos. Fue un reencuentro con los itinerarios
más familiares y sirvió para contrastar el estado de forma de mis compañeros de
viaje: lamentable.
El
martes me piré hacia un lugar eminentemente ciclista y reconozco que no me ha
penado lo más mínimo: Asturias.
Ayer,
a las 11 en punto, salía montado en bicicleta de monte con ruedas slicks de uno de los aparcamientos que tienen preparados ad hoc en los lugares próximos al
Santuario de Nuestra Señora de Covadonga. El destino era la subida a “los
lagos” que tantas veces hemos visto en TV y que, en alguna ocasión, hemos
subido en la clásica cicloturista. Se me presentó esta oportunidad y no quise
desaprovecharla.
Según
dicen los del lugar, pocas veces se puede disfrutar en el año de un día tan
espléndido como el de ayer. Para mi gusto un poco caluroso pero, nada que
objetar. El aparcamiento era el P2 (bonito nombre) y está situado a 5
kilómetros del Santuario. Este primer kilometraje me sirvió para ir entrando en
acción y reconocer los lugares que me han visto pasar en otras cuatro
ocasiones.
Hace
unos cuantos años, uno de los antiguos componentes de UCN, el asturiano Juan
Enterría, me describió la subida a los Lagos en un papel que decía: -“próximo a
llegar a “la Huesera”, te encontrarás con unas casas con los tejados al mismo
nivel que la carretera, a partir de ahí: sufrimiento sin descanso”- Este
comentario siempre lo he tenido muy presente para esta cuesta y para otras que
yo conozco. ¡Cuánta razón tenía el bueno de Juan! A partir de ese momento lo
mejor que se puede hacer es dejarse de tonterías, quitarse todos los complejos,
sacar tripa y… a ver cuando pasa este
sagrado misterio.
Los
kilómetros pasaban a una velocidad desesperante. Hacía cinco kilómetros que
había dejado atrás a La Santina y,
por mis cálculos, me parecía que eran veinte. Los autobuses de turistas que
prefieren un medio más cómodo que la bicicleta para visitar a Enol y la Ercina,
pasaban con regularidad dejando un tufo de humo que hacía aumentar la
temperatura que para entonces ya era de 35 grados.
En
plena Huesera estuve tentado de abandonar la carretera e introducirme en el
camino, de hecho lo inicié pero, vi a lo lejos unas rampas que me asustaron y
lo dejé para el año que viene con ruedas de tacos. Vuelta al asfalto y vuelta a
lo de antes: cualquier cosa por debajo del 13% ya me parecía llano, así que desde
el fin de la famosa cuestecilla, la de los huesos, hasta arriba fue coser y
cantar.
Al
llegar al Lago de la Ercina, aquello parecía Benidorm en día de fiesta de
guardar. Todavía no habíamos llegado todos, faltaban muchos, pero era imposible
tomarse una cerveza en el bar. Varios cordones de desaforados, a modo de
guardianes de Miramamolin, esperaban impacientes su consumición y decidí echar
mano de mi botellín de “Pedalier” mientras admiraba, igual que en el año 1996,
el último de los lagos. Miré el reloj y eran 90 los minutos transcurridos desde
que había montado en mi bicicleta en el P2, a 17 kilómetros de distancia,
cuesta abajo.
Confraternicé
con unos compañeros que estaban resguardados del sol en su caravana y me
comentaron que, solamente en autobuses, habían subido 4.200 personas el pasado
martes. (8€ por persona).
¡Qué
cosas tiene la gravedad! Nada que ver
con la subida, la bajada es mucho más fácil, te hace ir a unas velocidades
próximas al paroxismo. Conviene echar mano de vez en cuando a los frenos de
disco si no quieres darte la consabida oxtia matinal: ¡yo no quiero!, que
conste. Bajé rapidico pero con la mosca detrás de la oreja por si acaso los de
los autobuses, en uno de esos viajes necesarios para acarrear cuatro mil y pico
turistas a 8 euros cada uno de ellos, me
chafaban la ocasión de gozar del sol, de la luz, del calor, del paisaje, de lo
contento que estaba, de las ganas que me quedaron de volver a repetir la
experiencia…
Llegué
a un bar próximo al Santuario y pedí una “caña”: -“¡no hombre, no, en ese vaso
no! Sírvela en uno más grande, el doble o el triple de ese cucurucho que llevas
en la mano”-
Dicen
que la cerveza alimenta. Yo me alimenté mientras me cosquilleaba el paladar y
ponía cara de pecador: Asturias patria querida, Asturias de mis amores...
slick...
ResponderEliminarSólo eso? Corregido está.
ResponderEliminarMe ha gustado desde el principio hasta el final. La panoramica parece sacada del oeste.artista!
ResponderEliminarHoy he visto un par de puertos gran canarios que tu GARMIN tendrá que probar un día de estos.
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