Para hoy teníamos preparada una
vuelta que, para los mediomadelmanes, muy bien se puede considerar de las respetables. Los que son madelmanes de
verdad, enteros, tipo Willou, seguramente que la calificarán de medio pelo ¡allá ellos y su conciencia!
Lo cierto es que, entre una cosa
y otra, las ganas de escribir una crónica se me han ido al carajo. Después de
llegar a casa y comer un poco, literalmente, ha llegado la consabida siesta, la
lectura del “Diario” y rumiar la marcha de la mañana. En esas estaba y he
abierto el iPad: ¡el amigo Karlos nos ha
estado siguiendo el rastro!, se ha servido de nuestras señales para descubrir
que éramos cinco los jinetes que llevaba por delante.
Iban ligeros de equipaje, llevaban comestibles para una única jornada
y, seguramente, pararían para repostar en alguna de las posadas que hay a lo
largo del camino. Esto le ha hecho recapacitar a Karlos y ha pensado que era
mejor volverse hacia la city y esperarles cuando ya estuviesen cansados. El muy
cabrón es perro viejo y sabe de estas artimañas para ahorrar reservas.
A las 8,30, “Los Cinco de Kansas”
lucían sus monturas por el barrio de San Juan y, un poco más tarde, atravesaban
Berriozar camino de Marcaláin. La subidita del puerto se hacía con lucidez y
Guelbenzu no era obstáculo para pasar por Lizaso antes de que dieran “y media”.
Allí se cruzaban con Alejandro y
el chaval decidía cambiar el título de la película, ahora se llamaría “Los Seis
de Kansas”. Cruce de Oroquieta y la temperatura que bajaba sin cesar, seguramente
que a los de Kansas, si hubieran tenido un buen termómetro, les señalaría 12º.
Justamente al coronar el puerto, Alex volvía a cambiar el título y lo
dejaba como al principio: se volvía a trabajar ¡qué cosas!
Si bajaban por la cuesta rompeculos de Saldías ganarían
mucho tiempo con respecto a su perseguidor y podrían ascender por Ezcurra sin
sentir su aliento fétido. Las cabalgaduras respondían a la perfección y ninguno
de los “kansinos” demostraba fatiga alguna.
En Leiza, los más débiles del
quinteto quisieron amotinarse para comer en la cantina del pueblo pero, los
guías, sabedores de lo que se les avecinaban, lograron convencer a un
donostiarra y a un aragonés de que lo conveniente era subir Huici sin lastre
estomacal y saciar sus bajos apetitos en la populosa ciudad de Lecumberri.
En el Valle de Larraun daban
cuenta de un surtido de viandas que se acompañaban de cervezas traídas desde la
tierra de Angela y que son reconocidas
en todo el territorio. La pareja de díscolos reconocerían su equivocación.
El viento del norte ayudaba al
grupo en su huída hacia Pamplona y los últimos kilómetros se hacían en
silencio: ¡no había tiempo para txorradas! el caso era llegar al poblado antes
de que dieran las dos de la tarde.
Habían recorrido 120 millas y el
“perro viejo” les esperaba sentado en el
porche de su casa: sabía que tenían que regresar, no merecía la pena correr
detrás de ellos. El muy cabrón tenía en su vieja cara algo que parecía una
sonrisa.
Hasta otra. Bs.
Si ese perro hubiese acompañado a los "5", se hubiese divertido.
ResponderEliminarYa me hubiera gustado estar yo, prepararos que llego...
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