El Diario de Navarra
edita una serie que trata sobre los navarros que se instalan en el
extranjero por cuestión de estudios, trabajo o cualquier otra causa, se titula "La Diáspora".
Con frecuencia recuerdo el caso de una chica que vivía en Dinamarca.
Le preguntaron cuando volvería a casa y contestó: “cuando me
encuentre a las cuatro de la madrugada en Copenague, esperando a que
un semáforo se ponga en verde, pensaré
que la hora de regresar se aproxima”.
Los
que utilizamos la salida de Pamplona hacia Erro o Urroz, conocemos de
sobra la travesía de Mendillorri hasta desembocar en la rotonda de
Sarriguren. ¿Cuantos semáforos han plantado a lo largo de la
avenida? ¡Venga, aventuremos! ¿Seis, diez, doce? En cualquier caso
muchos. Da lo mismo que la fortuna te sonría y cojas una tanda en
color verde, no te apures, todavía queda suficiente número de ellos
para que toque parar hasta la próxima.
Este
bosque de semáforos está dotado de botones para que los peatones
los pulsen y faciliten el paso cuando se requiera; pues bien, alguien
mandó inutilizarlos y solo obedecen a la orden del temporizador que,
con machaconería germana, dirige el tráfico a la voz del minutero.
No importa que los viandantes no existan, tampoco que los automóviles
abunden, ¡no! los árboles inanimados provistos de colores siguen su
marcha impertérritos: rojo, verde, tic-tac, rojo, verde, tic-tac.
Por
si alguien no se ha dado cuenta, yo ando en bicicleta y, por qué no
decirlo, según el día que toca, a veces respeto el color rojo y
otros no, no seamos hipócritas, actúo como una buena mayoría de
ciclistas. El día que paro, me toca compartir espacio con el
automovilista de mi izquierda que se ha preocupado de disputar mi
sitio, ambos miramos con anhelo que el rojo deje paso al verde y
podamos llegar sin contratiempos hasta la próxima estación.
Como
humano tengo mis momentos de flaqueza y me asalta el síndrome de
Estocolmo, ese que, pasado un tiempo de secuestro, te incita a
comprender a tu secuestrador y terminas siendo cómplice de él en tu
cautiverio. ¡Sí! Comienzo a pensar que alguna razón habrá para
que algo tan incomprensible sea verdaderamente conveniente y hasta
tan imprescindible como para dejar en mano de un reloj el control del
tráfico.
No
vivo en Copenague, estoy en mi pueblo, en Pamplona, no puedo regresar
a mi casa porque estoy en ella, entonces ¿qué hago esperando muchas
veces con mis ojos fijados en el color rojo? Me gustaría regresar a
otros tiempos más sensatos y así no transgredir las normas del
tráfico: parar cuando corresponda y proseguir cuando me lo permitan,
pero no quedarme quieto sin poder regresar: ¡estoy!
Hasta
otra.
Bs.