martes, 25 de agosto de 2015

Los conductores no nos ven



Hace unos cuantos meses un automóvil estuvo a punto de llevarme por delante. Me quedé seco; paré y miré al conductor. El pobre hombre se llevó las manos a la cara en actitud suplicante y me dijo: -“lo siento, no te he visto”-

Un poco antes de los “sanfermines”, cuando el tráfico de la calle Monjardín había disminuido sensiblemente debido a que los escolares estaban ya de vacaciones, vi que un autobús no tenía la menor intención de cederme el paso en la rotonda de la confluencia con la calle Aoiz. Paré y eché un grito de desesperación. El conductor del autobús también paró y, de manera educada, me dijo: -lo siento, no te he visto”-

Ayer, después de muchos días en tierras burgalesas, tenía “mono” de dar la “vuelta a Erro”. Salí de casa a eso de las 9,30 y me sorprendió lo fácil que era andar en bicicleta por las calles de Pamplona: los semáforos sincronizados, poca gente, buena temperatura, etc. Al llegar a la rotonda de Areta, desde la salida de Sarriguren apareció un SUV negro y… ¡zas! Atropello al canto. El vehículo me alcanzó por la parte derecha trasera de mi bicicleta, me subió al capó y, por fin, me tiró a la carretera cayendo de espaldas. El conductor del coche negro paró enseguida y con gesto preocupado me dijo: -lo siento, no te he visto”-

No tengo la menor duda de que los tres conductores dijeron la verdad ¡estaría bueno! Pero ¿verdad que resulta sorprendente que los tres no me viesen? Cuando me sucedió esto por primera vez, tuve la oportunidad de comprar un maillot de color verde fosforito que, en las fotografías, aparece siempre “quemado” por la luz que desprende. ¿Alquien puede decirme qué solución tiene esta ceguera de los conductores para con nosotros los ciclistas? Yo estoy acojonado; en estos primeros momentos después del alcance se me pasa por la cabeza dejar la bicicleta en el trastero definitivamente y dedicarme a otra cosa. Sé que esto no va a suceder, que tarde o temprano se me quitarán los miedos y volveré a compartir las calles y carreteras con automovilistas que “no me verán”.

En realidad no sé qué pretendo escribiendo este texto, pero reconozco que tengo mucho miedo. ¿Acaso no se me ve?

Hasta pronto. Bs.



sábado, 15 de agosto de 2015

Se me rompió la Cannondale

Faltaba muy poco para vender todo el pescado; fue entonces cuando un palo, gordo él, se cruzó en mi camino y quiso acompañarme un rato metido entre el "cambio" y los radios de la rueda trasera.
La bicicleta no tenía buena pinta pero, con unos pocos retoques mecánicos, pude llegar hasta casa. Por la tarde pretendí arreglar la avería, pero todo fue en vano: tras un problema apareció otro y, tras el anterior, uno nuevo.
Ante la perspectiva de pasarme las vacaciones sin la evasión de todos los días, solamente se me ocurrió la idea de regresar a Pamplona y que en Pedalier me la dejaran como ellos saben.
¿Sabéis una cosa? No es mala idea coger el auto y, con la mañana recién estrenada, enfilar hacia la A-1.
Ya estábamos todos: los que íbamos a Pamplona, los que a tenor de sus matrículas se dirigían a Francia, Luxemburgo, Suiza, Holanda, Portugal, Gran Bretaña, ¡Qué sé yo! Allí había mucha gente a la que no le importaba madrugar pues tenían abundante tarea que cubrir.
Los dueños del carril izquierdo no lo abandonan así como así. Ya no se estilan los turismos. Ahora son los todocamino (SUV), los todoterreno y los turismos familiares los que están de moda. Todo lo que tenga apariencia de "grande" es lo que se lleva. De vez en cuando aún se divisa algún coche normal: uno que está a la altura del tuyo, uno al que no hay que mirar de abajo a arriba y que no te pone las ruedas próximas a tus orejas  como si de un camión de transporte se tratara.
Conforme pasaban los kilómetros, notaba que es muy sencillo cabrearse a lo largo de una carretera de 254 kms. Por un lado estaban mis compañeros de ruta, esos que digo que se apropian del carril izquierdo y no lo sueltan. También aparecieron los que te adelantan y, a la vuelta de unos pocos kilómetros, disminuyen su velocidad y los tienes que volver a sobrepasar. Yo acostumbro a viajar con el limitador de velocidad puesto en ese límite que bordea la transgresión. Así que si alguien hace como los peces en Navidad (me adelantan, me adelantan y me vuelven a adelantar), es que va como los "yoyos", todo el rato arriba y abajo. La conducción de un automóvil necesita de mucha concentración, cuestión que con todo lo que te rodea no resulta fácil de conseguir. Por esta razón en cantidad de ocasiones me pregunto ¿a cuánto está el límite de velocidad en este momento? Hace un rato estaba a 100, pero y ¿ahora? El caso es que se acerca un radar y resulta muy conveniente y hasta imprescindible saber a qué velocidad te puede sacar una foto el aparato que está al costado derecho o subido en un puente. 
En realidad este problema desaparece en el mismo momento en que un coche de los "nacionales", los extranjeros no, uno de esos que te ha pasado "a toda la leche" reduce su velocidad de forma muy llamativa. Ya no se aleja de ti, sino que se sitúa a la altura de tu ventanilla y, poniendo cara de santísimo beato, te acompaña para pasar de la mano el radar de los cojones. ¡Es todo mentira! En cuanto lo hayamos dejado atrás, el hipócrita volverá a mirarte de soslayo y con cara de desprecio te dirá: adios idiota, hasta el próximo radar.
Lo cierto es que, entre una cosa y otra, ya había llegado a Pamplona y los Pedalier volvieron a lucirse: la Cannondale estaba de nuevo como una rosa. Ahora no quedaba otra cosa que desandar el camino de la mañana e ir de vuelta a Covarrubias. Empezaba a llover y, cuando las nubes dejan pasar los rayos del sol, éste te pega de frente ¡Jodé, qué bien!
Hasta pronto.Bs.