domingo, 29 de marzo de 2015

La Vuelta a Cataluña y el Circuito de Pascuas



Mientras veo el desarrollo de la última etapa de la Vuelta a Cataluña, me doy cuenta otra vez de que el ciclismo me gusta a rabiar. Mediodía del Domingo de Ramos. Hoy empieza la Semana Santa y el ambiente, más desangelado de lo que mis recuerdos me transportan a mi niñez, me lleva a mi Pamplona de la década de los años 60 del siglo XX.

Cuánto me gustaría que la serie de TV “Ministerio del Tiempo" dejara introducirme en una de sus puertas y poder reencontrarme con mi padre. Sí, sería esta vez en un Domingo de Resurección. Victorio me daría la mano y me llevaría, sin prisas, por la Rochapea. Mientras llegaba el pelotón de corredores, me invitaría a un Kaiku de chocolate en el bar de Paco, justo en el Puente de Cuatrovientos y yo, nervioso, lo bebería a “toda mecha” por si los ciclistas pasaban sin avisar. 

En alguna ocasión el paseo lo cambiaríamos por un sitio en la tribuna de meta. Sería un poco más aburrido, pero sin duda mucho más “chic”. Allí tendría ocasión de verlos pasar alrededor de cinco veces y, lo que sería muchísimo mejor, enterarme en el instante de producirse, del ganador de la carrera del “Circuito de Pascuas de Pamplona”

La memoria de un niño tiende a magnificar los recuerdos: el patio del colegio en la realidad siempre es mucho más pequeño que en el recuerdo; las películas de entonces resultan insufribles ahora y, tal vez, ¡no lo creo! el ciclismo fuese peor que el actual.

Lo cierto es que el Circuito de Pascuas dejó de celebrarse hace tiempo para corredores profesionales y ahora, perdido en cualquier otra fecha del calendario, se organiza para ciclistas “aficionados” o como se diga. Con esto me ha pasado como con el “Padre Nuestro”, después de rezarlo en el colegio todos los días del curso, he sido incapaz de aprenderme el que modificaron hará la pila de años y me resisto a enterarme de la traducción que en la actualidad tienen las categorías de los corredores ciclistas: sub-23, Elite 23 y Máster. 
 
Pues nada, como escribía al principio, estaba delante del televisor y mi mente se ha puesto a viajar por el tiempo. De vez en cuando me he permitido el lujo de regresar a la realidad y he tenido envidia de lo que son capaces de hacer los tíos estos: ¡Cuánto andan para arriba y para abajo! ¡Qué fácil es llanear sin mover un solo músculo de la cara! ¡Cómo ocultan su sufrimiento detrás de esas máscaras que les proporcionan los obligatorios cascos y sus sintomáticas y misteriosas gafas! ¡Qué día más extraordinario en Barcelona para recorrer las cuestas de Montjuic de la mano de mi padre!

Hasta pronto. Bs.

lunes, 16 de marzo de 2015

El nuevo ciclismo ya está aquí.



Estamos metidos de lleno en la temporada ciclista. Ayer terminó la París-Niza y todavía continúa la Tirreno-Adriático. Cualquier domingo de estos nos sentaremos como clavos delante del televisor para ver la primera de las grandes “clásicas”, la classicissima,  La Milán-San Remo. 

Esta carrera me pone los pelos de punta: el pelotón es interminable. Parece como si todos los equipos se pusieran sus mejores galas y lucieran sus colores fosforitos luchando por las primeras posiciones. Seguramente la lluvia aparecerá y, como si nada, bajarán por estrechas carreteras en busca del Poggio. Los Pasos de Turchino y Cipressa mejor ni nombrarlos: ¡quedaron atrás!

Esto es ciclismo del bueno, del auténtico, con solera, del de toda la vida. No tiene nada que ver con las nuevas carreras que poco a poco, como los supositorios, nos han ido metiendo en el calendario y que no hay tío que las siga (creo). Hablo de las que se celebran a principio de año en USA, Argentina, Australia y países árabes. Carreras que sirven para cubrir expedientes y que, de no buscarlas en páginas especializadas, difícilmente encontraríamos noticias de ellas.

Bien, dejémoslas estar; por lo menos sirven para que los ciclistas afinen su estado de forma y puedan con todo lo que se les viene encima.

No sé qué puñetas he escrito hace un momento de unos ”supositorios”, pero de la misma manera nos han ido metiendo una serie de cambios en el ciclismo y veo que no hay más remedio que aceptarlos. Por ejemplo, considero que la creación de las carreras con el título Uci Pro Tour reservadas para los equipos de igual calificación y a unos pocos invitados de menor categoría, no han beneficiado a nuestro deporte; eso sí, se le ha dotado de una alcurnia, de una posición que hace unos años no tenían. Ahora las carreras lucen de una seriedad, de una elegancia, de un saber estar más propia de las películas inglesas que de una carrera ciclista.

Atrás quedaron los “desgarramantas” de nuestros antepasados asaltando los bares en busca de lo que hubiera por los mostradores al grito de “esto lo paga Torriani”. Los maillots de lana o de poliéster capaces de encender el fuego. Las sempiternas zapatillas de color negro. Los inhumanos “desarrollos” que servían tanto para llanear, subir o bajar sin posibilidad alguna de facilitar la labor según la que tuvieran que afrontar. 

No hay duda; nadie querría volver a los tiempos pasados; tiempos de penurias en los que, según veo en fotografías de no hace tanto, nadie se arrugaba por echarse la bicicleta al hombro y salvar montañas de nieve y circular por caminos de “txirri-txirri”. La etapa de ayer de la Tirreno-Adriático resultó una verdadera excepción cuando tuvieron que subir los últimos kilómetros del Terminillo nevando. Estoy seguro de que, si no llega a ser porque la nevada fue a última hora y no había margen de maniobra, la carrera se habría suspendido o modificado.

Me gustaría terminar esta crónica apuntando otro detalle que me ha sorprendido: el mundo anglosajón se ha impuesto en el ciclismo. No sólo porque haya buenísimos equipos de y con ingleses, australianos, norteamericanos y alemanes; las carreras, aunque se celebren en Italia, se editan en inglés. Estoy esperando a la Vuelta al País Vasco para ver cómo sustituyen el Lasterketa Burua por el Front of the Road; los equipos ya no se llaman Movistar, pongo por caso, ahora se dicen Movistar Team, (también pongo por caso); flat-tire significa pinchazo; Back of the peloton, Blue jersery group, Leader of the road, Last kilometer; cuando el helicóptero hace una visita turística por los alrededores del pueblecito italiano en cuestión, el letrero de rigor nos informa, en inglés, de las características del lugar: habitantes, industria, sitios de interés, cuándo se fundó, las maravillas de su circo romano, etc. Yo cuando oigo a alguien expresarse en ingles no entiendo nada, ahora bien, cuando leo semejantes parlamentos, me entero de todo, así que no puedo hacer otra cosa que dar las gracias a estos nuevos tiempos ciclistas que nos están invadiendo y nada, a cultivarse.

Hasta pronto. Bs.

jueves, 5 de marzo de 2015

Ciclismo, las "clásicas" y un tal Ian Stannard



España no es un país para viejos ¡perdón! España no era un país para poder ver ciclismo del bueno.

Desde que era un niño me las he apañado para enterarme de los asuntos del ciclismo. Al salir de clase en el viejo colegio de San Luis, parece como si estuviera esperándome alguna edición de la Vuelta Ciclista a Navarra. Hace tanto tiempo de esto que sólo me acuerdo de algún nombre: Carlos Echeverría, José Miguel Chasco, Ramón Mendiburu… y muchas imágenes. La primera Vuelta Ciclista a España de la que tengo memoria de haberla seguido a través de los periódicos fue la que ganó el belga Franz de Mulder en el año 1960. Al volver del colegio hacia mi casa en el casco antiguo de Pamplona, nada había en el mundo que me apartara de los ventanales de la tienda de “Impermeables El Búfalo” para diseccionar los cartelones que exponían con la clasificación de la etapa y, lo más importante, la general; estábamos en el año 1961 y Angelino Soler ganó la “vuelta” de ese año a un francés que se llamaba Mahe.

Años más tarde, cuando trabajaba en un almacén de géneros de punto y no sé cuántas cosas más, a las tardes del mes de julio la “Voz de Navarra” retransmitía en diferido la etapa del “Tour” del día anterior. Durante esa hora, todos trabajábamos en silencio; cada uno de nosotros nos imaginábamos una realidad diferente de lo que nos narraba la locutora de la radio. Los ciclistas españoles perdían media hora en el llano y la recuperaban con creces al llegar la montaña: lo de siempre en aquellos tiempos.

El calendario ciclista desaparecía de mi mente y, a lo sumo, lo despertaba alguna carrera cercana en la geografía o la medalla de bronce de Ramón Sáez (Tarzán)  en el “mundial de ciclismo” o los “mundiales de San Sebastián” de 1965. Aquello fue lo más grande que hasta ese momento había vivido: mi padre me llevó en su lujoso Seat 600 D a Lasarte y de allí, hasta que la carrera terminó, no me movió ni tan siquiera la lluvia. Era tanta la emoción que sentía que correteaba de arriba abajo sin perderme detalle: las piernas de Fernando Manzaneque; la musculatura de un tipo rubio que atendía al nombre de Rudy Altig y que disputó el triunfo a un inglés que se llamaba Tom Simpson, digo se llamaba porque murió dos años más tarde en el Mont Ventoux ¡Qué día!

Estamos en el año 2015 y yo estoy hablando del año 1965. Durante mucho tiempo el ciclismo español, no digo que fuera malo, pero se ceñía a carreras por etapas con las consabidas excepciones que siempre ocurren y, que normalmente, las escribió Luis Ocaña.
En los antiguos “Miroir de cyclisme” que ya no guardo, el único corredor español que asaltaba los primeros lugares de las clasificaciones de carreras ciclistas internacionales, totalmente ignoradas por todos nosotros, era Ocaña.

Poco a poco los ciclistas españoles han ido haciéndose hueco en gran número de pruebas, pero siempre han prevalecido las carreras por etapas. De esto, quizás, tenga mucha culpa la poca atención que ha prestado a nuestro deporte la RTVE. Sus retransmisiones se han ceñido a la “Vuelta” y al “Tour”. Si la cosa iba bien, a algún “Giro” por culpa de Induráin o Contador; tendremos que añadir la cita obligada con los “mundiales” y algún detallito con algún “monumento” de las clásicas. Los aficionados al ciclismo hemos tenido que espabilar acudiendo a “internet” para poder ver de “extranjis” alguna carrera que daban en tal o cual cadena. Lo dicho: España no es un país para ver ciclismo del bueno.

¡En fin! Dicen que no hay mal que dure cien años y en éste año parece ser que vamos a gozar de las mieles del triunfo: RTVE nos ha preparado un calendario del que no se salva ni el Tato. Están todas las carreras del calendario nacional e internacional: clásicas, vueltas, pruebas UCI Pro Tour y cualquier otra cosa que se menee ¡Ya era hora!

Hasta que lleguen las “vueltas” con sus etapas más o menos anodinas, todas cortadas por el mismo patrón de bloqueo de la carrera en beneficio del sprinter o escalador de turno, yo empezaré a gozarla con las “clásicas”. Se trata de una manera distinta de hacer ciclismo; los bloqueos de los equipos no son tan aparentes como en las pruebas por etapas; se disputan por lugares que aquí los denunciarían a la guardia civil: caminos agrícolas adoquinados, secos o húmedos; “muros” con pendientes casi imposibles de salvar y que los “culogordos” los solucionan sin rubor. Los corredores de aquí se han hecho un hueco en una serie de pruebas de este tipo aun cuando el mejor que había, Antonio Flecha, recientemente se ha retirado y nos ha dejado sin aspirante válido para la Paris-Roubaix, por ejemplo.

Sigo echando piedras al tejado de la RTVE pues, durante décadas, nos ha privado del espectáculo ciclista que se da todas las primaveras en Italia, Bélgica, Holanda y Francia: carreras de un solo día en las que siempre hay algún escapado y que, casualidades de la vida, casi siempre llega en solitario después de haber dejado la piel en el suelo de los adoquines y disimular su cara con el maquillaje de la tierra. 

No puedo pasar por alto la carrera que se disputó la semana pasada en Gante (Bélgica). Se llama Omloop het Wieuwsblad. Para qué voy a decir otra cosa: no tenía la menor idea de su existencia, y bien que me pena. Se trata de una carrera en la que los ciclistas van entrando en faena para lo que se les avecina en estas próximas fechas. La carrera en cuestión la ganó Ian Stannard. Tampoco lo conocía hasta el otro día. Me dejó con la boca abierta. Este ciclista pudo con tres auténticos monstruos de un mismo equipo: Boonen, Terpstra y Vandenbergh. Al admirado Ian empezaron a lloverle los ataques (en realidad fue uno solo de Boonen y el postrero de Terpstra en el sprint) y los solucionó con resistencia, valor, confianza, perseverancia y muchas otras cosas más, todas buenas.

La fisonomía de estos atletas difiere mucho de la de los especialistas en “Vueltas”: Purito, Contador, Nibali, Froome y un largo etcétera. Aquí teníamos a un ciclista inglés robusto, aunque delgado, con tripa, con calva incipiente en su cabellera pelirroja y una sonrisa de buena persona con la que dejaba entrever que “no esperaba ser el jefe de fila de las próximas carreras” ¡Menos mal! Si no ya teníamos el ganador de alguna de ellas ¡veremos!

Espero que esta nueva temporada televisiva no la trunquen el año que viene y abran el abanico de las “clásicas” para siempre.

Hasta pronto. Bs.