Lucas 6:29
“Al que te hiera en la mejilla, preséntale también
la otra; y al que te quite la capa, no le niegues tampoco la túnica”
En los partidos de fútbol hay situaciones que no acabo de entenderlas.
Cuando un jugador recibe una patada, para librarse de la tarjeta amarilla, como
poco, tendrá que arrodillarse y pedir perdón al agresor; si por el contrario se
encara con éste, la cagaste Burt
Lancaster, no le libra de la consabida tarjeta nadie: tanto el pegador de
patadas como el recibidor verán un color amarillo plasmado en sus narices.
Por lo visto, el Colegio de Árbitros de Fútbol es un fiel seguidor del
evangelista Lucas y el que no hace caso de lo que entrecomillo al principio de
mi escrito: “hijoputa” por tonto.
Bueno, vayamos al grano. Hoy hemos salido cuatro txirrindularis, más que otra cosa, a aprovechar el día de verano
que el otoño nos ha regalado. El fresco de la mañana nos ha obligado a circular
por la Baja Navarra respetando todos los semáforos (200 o más) que hay desde el
Seminario hasta el barrio de San Jorge ¡todos en rojo pero no importa! Hasta un
guardia municipal ha asomado la cabeza por la ventanilla de su furgoneta y nos
ha preguntado por nuestro “proyecto”.
Ostiz, Olave, Sorauren, Oricáin, Arre, Villava y Burlada hasta llegar a
Pamplona. Otra vez estamos en la Baja Navarra y ¡mierda! Estamos circulando por
el “carril bus” y suena la claxon impaciente de una “villavesa”. Los que
andamos en bicicleta sabemos perfectamente traducir las bocinas de los
automóviles, furgonetas, camiones y autobuses; la de la “villavesa” nos estaba
diciendo: ¡Apartaos de ahí, gilipollas, quitaos de ahí si no queréis que os
borre de un plumazo, hijosdeputa!
Iba el primero del grupo y no sé qué es lo que estaba ocurriendo detrás. Me
he retirado del “carril” y he hecho señales de que pasara. El conductor,
formando parte del gigante autobús, se ha puesto a mi altura y me ha soltado,
entre otras, -“no me extraña nada que os pase lo que os pasa”-
El jebo era feo de cojones y de cara. Le he preguntado si era bobo y, en
medio de su lerdez, no ha sabido qué responderme. En cambio sí he podido
comprender que era un asesino. Un tipejo que no ha desdeñado la ocasión de
acompañarme por el perímetro de la Plaza de Merindades poniéndose a mi altura,
de tal manera que, si yo no hubiera sabido traducir el gesto criminal de su
cara, él no habría desdeñado la ocasión de atropellarme con su autobús verde
¡sí, el nuestro, el de toda la vida!
En la “parada” me he parado con él. He oído la voz de Andrés y le he hecho
caso: -“déjale, déjale Víctor”
Hasta otra. Bs.