domingo, 25 de mayo de 2014

Tierra Estella



Mi amigo Karlos dice que Tierra Estella es territorio “comanche” y no le falta razón.  No está arriba de ninguna cuesta pero siempre hay que subir para llegar a ella. Parece como si hubieran querido protegerla de los asaltos ciclistas y, al igual que sucede en los fosos de la Ciudadela de Pamplona, la arribada resulta muy costosa. Tal vez por ello, no es frecuente que decidamos dirigirnos hacia el Oeste y elijamos casi siempre otros terrenos más trillados hacia el Norte. 


Cuando propuse una vuelta para el sábado, comprobé que la democracia no siempre es conveniente en grupos con demasiados “gallos”; todos quieren opinar sobre tal o cual marcha y sale a relucir el seleccionador de fútbol que todos llevamos dentro. De ahí la conveniencia de tener un calendario de salidas programadas y así nunca hay discusiones. ¡Qué cosas tiene la vida! ¿Alguien adivina qué ruta salió triunfante? La mía.


Son las ocho de la mañana cuando nos juntamos enfrente del “Diario” y enseguida enfilamos los 6 jichos hacia Puente. No hace calor y la crema de las piernas acentúa la sensación de frío. Llevamos buen ritmo antes y después de Enériz y alcanzamos sin piedad a los peregrinos de Santiago que han salido cuando todavía era de noche. 


Comienza la primera cuestecilla de la jornada, las anteriores ni las menciono; el medio puerto de Mañeru lo hacemos a paso ligero y tras una recta ondulada, pasamos por el costado de Cirauqui. A lo lejos nos está esperando la que bordea a Lorca y a continuación la que anuncia que por la derecha se va hacia Yerri. Tras un pequeño laberinto de la autovía A-12 llegamos a Villatuerta y el olor a pan hace que me olvide del repecho que estoy subiendo.


Hoy no; hoy no toca atravesar el túnel, si acaso luego. Estamos en Estella y como digo en el primer párrafo, la Ciudad del Ega está bien protegida. Buscamos la carretera de Vitoria y enfilamos la ruta que en otros tiempos era apoyada por la vía del tren Vasco-Navarro. No hay dificultades orográficas, el tráfico no estorba y resulta fácil alardear de rodador. Es la primera vez que viajo en bicicleta por esta carretera y descubro con atención un paisaje agradable y verde, protegido por la Sierra de Lóquiz. Cuando creo que voy a tener que empinar el culo para subir un repecho, en Acedo, giramos hacia la izquierda y ahora son las estribaciones de Codés las que nos acompañan hasta Los Arcos. Desde que dejamos Estella todo ha sido fácil; la distancia desde Pamplona ha alcanzado los 82 kilómetros y decidimos festejarlo al sol en la Plaza de Santa María, sin prisas. ¿Qué sería del pueblo en donde nació mi madre sin la actividad que proporciona el Camino de Santiago? Hay un trajín continuo de gente que llega y relevan a los que sonríen cuando cargan con la mochila y deciden ponerse en marcha rumbo a Galicia.



Las previsiones meteorológicas no han acertado y el viento lo llevamos en la cara. No pega con fuerza pero estorba. Nos restan 63 kilómetros para llegar a casa y comienza un rosario de cuestas que no acabará hasta que alcancemos Azqueta. En este punto la inclinación se invierte y nos ayuda a llegar al dichoso túnel de Estella que hace un rato hemos esquivado. Arremetemos con resignación una serie de repechos que son, ni más ni menos, los correspondientes a todos los que hemos bajado inmediatamente después de haberlos subido por la margen opuesta: Villatuerta, Lorca, Cirauqui, Mañeru y Puente. 


Queda por resolver una cuestión: ¿por dónde regresamos a Pamplona? ¿Artazu, El Perdón, Campanas? Se sacan a votación las tres opciones y, por amplia mayoría, sale triunfante el pestoso Puerto del Perdón. Este cabrón tiene un diseño muy bueno para el automóvil: tras la recta de Legarda, totalmente desprotegida del viento, se sube un repecho que solamente sirve para bajarlo a continuación, es decir, estamos en el mismo nivel que antes; todavía no se ha comenzado la ascensión propiamente dicha del puertecillo en cuestión. El viento pega con ilusión, los porcentajes son muy vistosos y todo el futuro se deja ver sin vergüenza.



A estas alturas de la jornada, las piernas llevan un rato quejándose por culpa de las caminatas en las que hemos tenido para refugiarnos de la lluvia en el Paseo Fluvial. Si nos fijamos con atención, advertiremos que cada pedalada duele un poco más que la anterior, es algo imperceptible pero, si nos evadimos de esa mísera idea y la retomamos, por ejemplo, en la cuesta del Hospital, notaremos que tenemos verdaderas ganas de colgar la bicicleta en el trastero. 


Ha sido una marcha consistente. La distancia recorrida ha subido a los 145 kilómetros, hemos circulado por carreteras poco frecuentadas por nosotros y, en algunos tramos, totalmente desconocidas. Por mi parte prometo proponer otras alternativas que Tierra Estella nos ofrece.


Hasta pronto. Bs.


domingo, 18 de mayo de 2014

Acumulando kilómetros



Este fin de semana ha sido un ejemplo de lo que no tengo que volver a repetir nunca más. Nos fuimos cargando de ilusiones para el sábado y en nuestras mentes juveniles fueron apareciendo un sinfín de ofertas para realizar. La ganadora fue elegida por amplia mayoría, por lo que a primera hora de la mañana, sin luchar por el espacio con los habituales que van al trabajo o llevan a los hijos al colegio, pusimos rumbo hacia Santesteban.


-“¿Hace frío? ¡No sé! No me doy cuenta”-. Caminamos rumbo al Valle de Ultzama y parece como si cada uno de nosotros hubiéramos acudido a la cita con el zurrón repleto de anécdotas. Sospecho que hemos dejado atrás Lizaso y Auza; tengo una vaga imagen de subir la cuesta de Juarbe y de haber girado a la derecha en el cruce de Oroquieta. Recuerdo perfectamente que llegué al kilómetro 6 sin sobresaltos y que me empeñé en no “quedarme” en los últimos dos kilómetros del puertecillo.
 

Desde el Alto hasta nuestra meta se circula sin problemas; si acaso, la única dificultad está disimulada en la bajada de Saldías a la carretera de Ezcurra. Son dos kilómetros en los que se ponen a prueba los frenos y mi pensamiento recurrente gira alrededor de la temperatura que alcanzarán en esos momentos las llantas ¡lástima de frenos de disco!


Son las 11 de la mañana y compruebo que me encanta la tortilla de bacalao. Hay buen ambiente ciclista en Santesteban y, como siempre, me entra pereza para volver a subirme a la bicicleta. 


Nos esperan 23 kilómetros de subida y lo hacemos de buena manera: ellos se quedan 100 metros más atrás y yo subo a mi ritmo. El viento está de nuestra parte y lo estamos haciendo bien. Por fin llegamos al mismo lugar por el que hace un rato circulábamos en sentido contrario.


Otra vez estamos en Ultzama. Tengo el vago recuerdo de haberlo dicho en otra ocasión y me reafirmo: el día que “quien corresponda” se entere de lo bien que se circula por este Valle en bicicleta, pondrá un impuesto a los idiotas de ciclistas ¡sería una verdadera mina! Llevamos el viento pegado al culo, no lo hace con descaro pero da gloria saber que está ahí detrás. La recta de Larráinzar nunca se me hace larga, el secreto está en fijarse en los dígitos del Polar y procurar que la velocidad no baje de los 45 kms/hora. La historia se prolongará por el Campo de Golf, llegaremos otra vez a Ostiz y por la N-121 con nuestros compañeros los camioneros murcianos, búlgaros, navarros y del resto del mundo llegaremos a casa. Han sido 130 kilómetros los que han caído al coleto y las piernas están cargadikas.


Suena el despertador y me levanto. Parece que estoy bien pero no me fío. Decido no acudir a Ermitagaña y salir por delante. El cabrón de Echauri sigue como siempre: terco, largo, duro y soleado. Me siento un hombre cuando llego al Mirador y dejó atrás la primera gran dificultad del día. Hay que desentrañar una serie de repechos que llevan a la base de Lezaun y en el cruce de Casetas me alcanza el “Cárnicas”. La subida se hace cómoda con la conversación de Carlos y llegamos al cruce de la carretera que lleva a Lizarraga.


¡Ahí están, ahí! ¡Se les oye! Desplazan ruido de ruedas y vocerío. Son los del club que ¡por fin! nos han alcanzado. Yo quiero seguir su estela pero me cuesta. Las piernas guardan el secreto de la jornada de ayer y quieren revelarlo. Cuesta mucho ponerse a rueda del pelotón y estoy en las últimas posiciones. Me doy cuenta de que lo mejor que hay para sacudirse el cansancio es olvidarse de complejos y procurar hacer lo mismo que los demás: rodar y rodar.


Estamos en la primera curva del Puerto de Lizarraga y noto que mi autosugestión se va a ir al carajo de un momento a otro. Esto no “carrula”; ando pero los demás se alejan; distingo perfectamente todas las características de los que me acaban de dejar pero no, estoy en tierra de nadie.


-“¡No importa Víctor! En cuanto pasemos el túnel la vas a gozar”- Y vaya que si tenía razón la HiBike, se ha portado bajando el puerto de una manera espectacular. El grupo, totalmente desperdigado, me ha servido para ir avanzando hacia Arbizu, saltando de uno a otro. ¿Qué queréis que diga? Es mi manera de pasarlo bien en la bicicleta. Los puertos me aburren, me sofocan y no les encuentro el chiste por ningún lado. Los subo porque no tengo otro remedio si he de desplazarme de un lugar a otro, así que dejad que cante el muchacho.


Aún quedaba regresar por la Barranca y lo he pasado mal por dos motivos: el primero por el cansancio ocasionado por la ruta de ayer y de hoy y, en segundo lugar, por la manera de andar que han tenido los integrantes del grupo. No quiero señalar a nadie, teóricamente todos somos muy buenos y sabemos andar en bicicleta, pero yo tengo otro concepto de cómo se debe maniobrar en una marcha cicloturista: no viene a cuento dar tirones, escaparse, alcanzar al escapado, frenar en las cuestasabajo y tirar como endemoniados en las cuestasarriba. ¡Dejémoslo estar!


Hoy han sido sólo 110 kilómetros con tres puertos.


Hasta pronto. Bs.


domingo, 11 de mayo de 2014

Guía del perfecto Madelman



Es probable que cada uno de nosotros tengamos una idea, más o menos acertada, de la fisonomía, de las rarezas, de todo aquello que conforma a las personas encuadradas en la palabra que las define: un perfecto MADELMAN.


Hoy, mientras oía el molesto “tac-tac” con el que el pedalier me decía a cada pedalada que, desde la última “lavada” en la gasolinera del Seminario, estaba lleniko de agua, me ha dado por pensar si, a grandes rasgos, coincidiría con lo que cada uno de nosotros entiende qué significa ser, vestirse y comportarse como un Madelman. Voy a mojarme y quiero exponer mi particular idea.

Toda aquella persona que se precie de ser un Madelman, antes que cualquier otra cosa, deberá haber dejado atrás toda idea de poder ser en un futuro un ciclista profesional. En otras palabras: se le habrá pasado el asado, la hora o lo que queráis decir.

Deberá estar encuadrado en esa zona horaria, en cuanto a la edad se refiere, de entre 30 a cuarenta y tantos años. Algunos habrán sido corredores de categoría “aficionados”, o como se diga ahora; otros habrán llegado tarde al ciclismo después de haber sido futbolistas, pelotaris, gordos reconvertidos, montañeros, etc. La idea de seguir haciendo algo de deporte después de una lesión de rodilla y aprovechar la condición física para recalificarse en la categoría de Madelman nunca debe de abandonarse.

Hay una fauna que, por su profesión, requiere estar en una buena forma física y nada mejor que practicar nuestro deporte. Aquí encontrarán un refugio para poder modelar su llamativa y esbelta figura a la vez que cumplen con su sagrado mandamiento profesional.

Los madelmanes formarán un grupo con integrantes afines a todo lo expuesto hasta ahora y seguirán fielmente con todo lo que se dice a continuación:

     -Siempre que se tenga oportunidad, deberán colarse en alguna “grupeta” de los corredores profesionales que habitan en nuestra querida Pamplona o en cualquier otra ciudad del mundo. La figura del Madelman no es exclusiva de nuestra ciudad, los hay repartidos por todo el Universo.

-    - Los Madelmanes no necesitan tener otros amigos que sus amigos; en alguna ocasión, pocas, podrán bajar de su Olimpo y condescender a que pedalees con ellos. Si tienes la suerte de ser agraciado con este premio, no lo desaproveches, estás a punto de entrar en el selecto mundo del Madelman. Esto traerá consigo una serie de obligaciones difíciles de observar, pero el premio es grande, así que…  ¡decide!

-   -Los Madelmanes, dejando atrás los primeros días de la temporada después del descanso activo invernal, en cuanto tengan oportunidad se instalarán en entrenamientos que superarán ampliamente los 100 kms. para mantenerse en una gráfica superior a los 150 kms. cuando menos. 

-    -La moda de los profesionales de dejarse barba, ha sido aceptada en grandes sectores de la madelmanía por lo que es conveniente tenerlo en cuenta a la hora de conjuntarse con la ropa, preferentemente de color negro.

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Quién fue el pionero en no llevar guantes, Juanjo Cobo o un buen Madelman? Respecto a esto último tengo serias dudas. Aunque, igual resulta que es un distintivo digno de tener en cuenta y ha sido adoptado rápidamente por el mundo madelmano y el bueno de Cobo ha sido el espejo en el que los demás se han querido reflejar.

¡En fin! Como resulta que mi vuelta de hoy ha sido corta, no he tenido tiempo de hacer más reflexiones sobre el asunto que me ocupa. Poco a poco procuraré ampliarlo o, por el contrario, igual lo dejo como está, ya veré.

Hasta pronto. Bs.