Mi amigo Karlos dice que Tierra Estella es territorio “comanche” y no le falta razón. No está arriba de ninguna cuesta pero siempre
hay que subir para llegar a ella. Parece como si hubieran querido protegerla de
los asaltos ciclistas y, al igual que sucede en los fosos de la Ciudadela de
Pamplona, la arribada resulta muy costosa. Tal vez por ello, no es frecuente
que decidamos dirigirnos hacia el Oeste y elijamos casi siempre otros terrenos
más trillados hacia el Norte.
Cuando propuse una vuelta para el
sábado, comprobé que la democracia no siempre es conveniente en grupos con
demasiados “gallos”; todos quieren opinar sobre tal o cual marcha y sale a
relucir el seleccionador de fútbol que todos llevamos dentro. De ahí la
conveniencia de tener un calendario de salidas programadas y así nunca hay
discusiones. ¡Qué cosas tiene la vida! ¿Alguien adivina qué ruta salió
triunfante? La mía.
Son las ocho de la mañana cuando
nos juntamos enfrente del “Diario” y enseguida enfilamos los 6 jichos hacia Puente.
No hace calor y la crema de las piernas acentúa la sensación de frío. Llevamos
buen ritmo antes y después de Enériz y alcanzamos sin piedad a los peregrinos
de Santiago que han salido cuando todavía era de noche.
Comienza la primera cuestecilla
de la jornada, las anteriores ni las menciono; el medio puerto de Mañeru lo
hacemos a paso ligero y tras una recta ondulada, pasamos por el costado de
Cirauqui. A lo lejos nos está esperando la que bordea a Lorca y a continuación
la que anuncia que por la derecha se va hacia Yerri. Tras un pequeño laberinto
de la autovía A-12 llegamos a Villatuerta y el olor a pan hace que me olvide
del repecho que estoy subiendo.
Hoy no; hoy no toca atravesar el
túnel, si acaso luego. Estamos en Estella y como digo en el primer párrafo, la
Ciudad del Ega está bien protegida. Buscamos la carretera de Vitoria y
enfilamos la ruta que en otros tiempos era apoyada por la vía del tren
Vasco-Navarro. No hay dificultades orográficas, el tráfico no estorba y resulta
fácil alardear de rodador. Es la primera vez que viajo en bicicleta por esta
carretera y descubro con atención un paisaje agradable y verde, protegido por
la Sierra de Lóquiz. Cuando creo que voy a tener que empinar el culo para subir
un repecho, en Acedo, giramos hacia la izquierda y ahora son las estribaciones
de Codés las que nos acompañan hasta Los Arcos. Desde que dejamos Estella todo
ha sido fácil; la distancia desde Pamplona ha alcanzado los 82 kilómetros y
decidimos festejarlo al sol en la Plaza de Santa María, sin prisas. ¿Qué sería
del pueblo en donde nació mi madre sin la actividad que proporciona el Camino de Santiago? Hay un trajín continuo de gente que llega y relevan a los que
sonríen cuando cargan con la mochila y deciden ponerse en marcha rumbo a
Galicia.
Las previsiones meteorológicas no
han acertado y el viento lo llevamos en la cara. No pega con fuerza pero
estorba. Nos restan 63 kilómetros para llegar a casa y comienza un rosario de
cuestas que no acabará hasta que alcancemos Azqueta. En este punto la
inclinación se invierte y nos ayuda a llegar al dichoso túnel de Estella que
hace un rato hemos esquivado. Arremetemos con resignación una serie de repechos
que son, ni más ni menos, los correspondientes a todos los que hemos bajado inmediatamente
después de haberlos subido por la margen opuesta: Villatuerta, Lorca, Cirauqui,
Mañeru y Puente.
Queda por resolver una cuestión:
¿por dónde regresamos a Pamplona? ¿Artazu, El Perdón, Campanas? Se sacan a
votación las tres opciones y, por amplia mayoría, sale triunfante el pestoso
Puerto del Perdón. Este cabrón tiene un diseño muy bueno para el automóvil:
tras la recta de Legarda, totalmente desprotegida del viento, se sube un
repecho que solamente sirve para bajarlo a continuación, es decir, estamos en
el mismo nivel que antes; todavía no se ha comenzado la ascensión propiamente
dicha del puertecillo en cuestión. El viento pega con ilusión, los porcentajes
son muy vistosos y todo el futuro se deja ver sin vergüenza.
A estas alturas de la jornada,
las piernas llevan un rato quejándose por culpa de las caminatas en las que
hemos tenido para refugiarnos de la lluvia en el Paseo Fluvial. Si nos fijamos
con atención, advertiremos que cada pedalada duele un poco más que la anterior,
es algo imperceptible pero, si nos evadimos de esa mísera idea y la retomamos,
por ejemplo, en la cuesta del Hospital, notaremos que tenemos verdaderas ganas
de colgar la bicicleta en el trastero.
Ha sido una marcha consistente. La
distancia recorrida ha subido a los 145 kilómetros, hemos circulado por
carreteras poco frecuentadas por nosotros y, en algunos tramos, totalmente
desconocidas. Por mi parte prometo proponer otras alternativas que Tierra
Estella nos ofrece.
Hasta pronto. Bs.