Poco a poco se va acercando el momento de regresar a mi tierra y reconozco que me apetece. Tal vez tenga un componente de masoquismo volver a circular por los sitios en los que tantas veces te enfrentas a los de siempre, ya se sabe: camioneros, repartidores, taxistas, los de la "cara del que sabe", los que pasean por el carril bici, los que toman las rotondas por el exterior y lo avisan con un letrero en su coche (¿por qué?). Y dentro de poco tiempo con las madres que llevan a sus hijos al colegio y aparcan... donde pueden, y tal, y tal, y tal.
Todo eso aquí no existe y, como somos unos inconformistas, nos sumimos en sueños rumiadores echando pestes de nuestra soledad, de nuestros silencios, de nuestras moscas. ¡Así somos!
Desde que me dejó Txiki, he procurado huir de las rutas que circulan por el monte. Tengo miedo o precaución de meterme por sitios en los que, si me ocurriese algo, tardarían bastante tiempo en encontrarme. Así que desde el pasado lunes he regresado a la carretera con mi gorda y no me pesa.
Con puntualidad no programada, cada mañana a las 9 nadie me ve salir con mi sucia y crujiente Flash. Con una cierta desgana subo la primera cuesta del día y alcanzo el llano, cerca de 15 kilómetros que me llevan a Quintanilla del Agua. Por una carretera aún menos transitada, cruzo Tordueles para plantarme en Puentedura. Viene bien alejarse del terruño para sorprenderse de los nombres de los pueblos del lugar, ¡me encantan!. Hasta que llego a Cuevas, por mucho que atraviese Mecerreyes, mis únicas acompañantes son las moscas. Me imagino que son satélites que giran a mi alrededor cuan mísero planeta pues, haga lo que haga, siempre van acompañándome en el viaje.
En alguna ocasión he comentado mis hazañas en la carretera general de Soria cuyo trazado se presta a ello: puertecillo de Mazariegos, llano, descenso y un sube y baja hasta Hortigüela. Desde aquí hasta Covarrubias tengo 13 kilómetros que son una maravilla para el profesional. De hecho, la Vuelta a Burgos pidió pasar por ahí y no me extraña.
A 4 kilómetros del pueblo está la última cuesta del día, la del pantano; la llaman así porque quisieron construir, en tiempos de Franco, el de Retuerta. Por variadas circunstancias, se quedó como está: en ruinas.
Pues bien, en esta cuesta parece ser que tienen por costumbre atacarme los profesionales de los otros equipos. Ayer fue cuando un grupo de Lerma me tomó en su punto de mira y quiso zamparme sin el menor miramiento. Sus carraspeos les delató y les faltó apenas 50 metros para devorarme. Me adelantaron en el llano y tuvieron la desfachatez de decirme que cogiera rueda. ¡La oxtia, si vais a relevos con todo metido! A falta de un kilómetro no pude más y cedí. Pocas veces me han visto sudar tanto.
Hoy ha sucedido lo mismo pero, esta vez, el grupo era de Covarrubias. Venía la gente con ánimos de comer carnaza y han mandado por delante a un muchacho para cogerme y minarme la moral. El cabroncete ha subido la cuesta del pantano a buen ritmo. De ahí en adelante, exactamente igual que ayer: ¡a tutta la oxtia! Sin compasión. Hemos cruzado el pueblo con la banda municipal saludando a los dos esforzados de la ruta. ¡Ah, el sudor...!
Éstas son las cosas que dejaré cuando me vaya a Iruña.
Hasta pronto. Bs.
En Mecerreyes eran famosos los carreros, hacían carros para ser tirados por bueyes, ... Nosotros tenemos un carro precioso en Navascués que se esta perdiendo por el paso del tiempo. He mirado en algún sitio alguien que se dedique a estos tipos de trabajo pero no he conseguido encontrar ninguno. Los carreros de Mecerreyes también creo que habrán desaparecido todos.
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